En el sueño reciente vuelvo a encontrarte, pez en el agua de un paisaje urbano lleno de promesas; vuelve a nacer el monstruo de la ternura, caen insospechadas barreras de la carne y aunque el ocaso expande su reinado, vuelve a ser luminoso el mediodía.
Vuelvo a desnudarte, volvemos a ser uno en el acto de compartir los escarceos del enamorado encuentro. Vuelvo a tocar tu más íntima sonrisa, de nueva cuenta mis labios son tocados por tu beso. Vuelve a ser mía la ternura de tu abrazo, pero nada más.
Luego despierto, la escueta sonrisa ondeando por todo lo alto, bandera pirata, seña de victoria; ahí lo triste, lo irremediablemente infausto de los días que siguen a la separación: abrir los ojos, beber de nueva cuenta el agua de tu ausencia.
lunes, 7 de agosto de 2017
XXXVII
¿Sabes lo que es caer desde un tercer piso, el corazón en la mano, y la esperanza astillada en los bolsillos?
Así me sentí esa mañana, mientras fumaba el último lucky strike y miraba el cielo de Simojovel. En la cancha a mis espaldas, un montón de críos correteaban despreocupados entre gallinas y cerdos desnutridos.
Así me sentí esa mañana, mientras fumaba el último lucky strike y miraba el cielo de Simojovel. En la cancha a mis espaldas, un montón de críos correteaban despreocupados entre gallinas y cerdos desnutridos.
XXXVI
Tú sabes que ardo, que esta necedad de saberme hombre es herida profunda, que no hallo sosiego en las cosas cotidianas. Tú sabes bien que en el constante choque de molares me hice viejo, que mastico a solas el tabaco de la desesperación, y no hay reflejo o accidente del paisaje que me saque del agua empozada en que sumerjo este cuerpo en decadencia.
Tú me conoces, y aunque poco, sabes cómo aprieta mi pecho la distancia, la losa del recuerdo. Tú sabes que no tiendo la mano, que me corroe la duda y este sentimiento de haber perdido cada apuesta.
Tú me conoces, y aunque poco, sabes cómo aprieta mi pecho la distancia, la losa del recuerdo. Tú sabes que no tiendo la mano, que me corroe la duda y este sentimiento de haber perdido cada apuesta.
XXXV
Me parece que vuelvo a verte, la falda al viento, corriendo entre las rocas, con la firme intención de escapar al aguacero, a los arroyos crecidos de troncos y serpientes, del regaño de tu madre.
Te veo, como eras entonces, como quisimos vernos: inocentes y merecedores del amor. Estás empapada y sonríes, y tu sonrisa es una carcajada que restalla en medio de la noche.
Otra vez te veo, desde la ventana que da al pasado: tímida te desnudas por primera vez, colmas mis ojos con la curvatura de tus labios: tu cuerpo lo impregna todo, pese a su liviandad.
Te veo, como eras entonces, como quisimos vernos: inocentes y merecedores del amor. Estás empapada y sonríes, y tu sonrisa es una carcajada que restalla en medio de la noche.
Otra vez te veo, desde la ventana que da al pasado: tímida te desnudas por primera vez, colmas mis ojos con la curvatura de tus labios: tu cuerpo lo impregna todo, pese a su liviandad.
XXXIV
Esa tarde la lluvia me sorprendió unos seiscientos metros antes del refugio. Abrí la cruz de los brazos y aminoré la marcha: pensaba en tí, en la inacabada cartografía de tus lunares; en el pasto que nos escuchó compartiendo ambiguos planes para el futuro, hablando como dos chavales sobre la inminencia de la eternidad conjunta.
Recordé las ondulaciones de tu pelo al viento, los lentes oscuros y la única fotografía que de tí guardo, al pie de un tanque de agua colosal.
¿Recuerdas las primeras veces que nos sorprendieron tus amigas, abrazados en la plácida calma de la tarde?
Recordé las ondulaciones de tu pelo al viento, los lentes oscuros y la única fotografía que de tí guardo, al pie de un tanque de agua colosal.
¿Recuerdas las primeras veces que nos sorprendieron tus amigas, abrazados en la plácida calma de la tarde?
XXXIII
El agua cae sobre tu cuerpo, acentuando la turgencia de los hombros. Muerdo tu costado como un fruto venido de la madrugada; pero no despierto horrorizado, ni la noche es la palma que atenaza mi sosiego.
Ahora el agua cae sobre el asfalto, sugiere nuevas formas de anegarse a las cloacas.
Ahora el agua cae sobre el asfalto, sugiere nuevas formas de anegarse a las cloacas.
XXXII
En esa fotografía estás sentada en un viejo sofá, desenfadada adolescente, uniforme a cuadros apenas por encima de la rodilla, dueña ya de la sonrisa imantada y ese mirar que incendia a los distraidos desde el primer parpadeo.
¿A quién quisimos impresionar, en la mutua complicidad de nuestras carnes, en el desaforado ejercicio de lamernos con la inexacta reciprocidad que nos dictó la angustia de no saber cómo querernos? ¿A quien impresionar sino a sí mismos, para impresionar al otro?
Luego de elogiarte, brotaron los celos por esa imagen de una tú más joven, acaso más inocente, pero igual como entonces, consumida por el fuego interno; pero el bloque de hielo en mi pecho se deshacía al sol de tu presencia, indefenso, anonadado, invadido de ternura.
¿Qué demostramos a quién en esas horas de amarnos hasta trastocar los límites que nos habíamos impuesto años atrás, antes de conocernos? ¿Fue, así, tan simple como atender el llamado del instinto, o fue la trágica ilusión del amor que para siempre se quiere que arda en el espacio entre dos cuerpos que se alejan?
Aún ahora me pregunto por qué no me quedé esa fotografía.
¿A quién quisimos impresionar, en la mutua complicidad de nuestras carnes, en el desaforado ejercicio de lamernos con la inexacta reciprocidad que nos dictó la angustia de no saber cómo querernos? ¿A quien impresionar sino a sí mismos, para impresionar al otro?
Luego de elogiarte, brotaron los celos por esa imagen de una tú más joven, acaso más inocente, pero igual como entonces, consumida por el fuego interno; pero el bloque de hielo en mi pecho se deshacía al sol de tu presencia, indefenso, anonadado, invadido de ternura.
¿Qué demostramos a quién en esas horas de amarnos hasta trastocar los límites que nos habíamos impuesto años atrás, antes de conocernos? ¿Fue, así, tan simple como atender el llamado del instinto, o fue la trágica ilusión del amor que para siempre se quiere que arda en el espacio entre dos cuerpos que se alejan?
Aún ahora me pregunto por qué no me quedé esa fotografía.
XXXI
Pienso en las veces que mi mano tocó tu humedad, en el aroma que, a escondidas, aspiraba durante interminables horas, como el hombre que, perdido por su adicción, insiste en aspirar hasta la última, la más lánguida nota del olor que en sueños lo persigue. Como quien atesora el fruto de su hurto entre las manos, sabedor de que más tardé habrá de disfrutarlo o de hundirse por su causa; así debió sentirse Prometeo, al hurtar el fuego, y al ser encadenado en los peñascos.
XXX
En un descuido, perdí todo, incluidos el celular y el corazón.
Algún hombre, más desesperado, recogió de entre los deshechos lo que cayó de mi chamarra.
Ese mediodía abordé un autobús sucio, vacío. Así estaba yo también.
Algún hombre, más desesperado, recogió de entre los deshechos lo que cayó de mi chamarra.
Ese mediodía abordé un autobús sucio, vacío. Así estaba yo también.
XXIX
En Simojovel se incendió el último cigarro en tu nombre. Desde una loma plagada de chiquillos, con el corazón vapuleado alcancé a fotografiar el horizonte: el imponente Itzantun y su valle.
Tres días antes, marqué por última vez tu número celular para romperme.
Tres días antes, marqué por última vez tu número celular para romperme.
XXVIII
Por esas fechas había perdido ya la costumbre de leer poesía en voz alta por las noches, cuando todos dormían. Me devoraba las madrugadas inmerso en la lectura de Bolaño y Papasquiaro, salía a caminar por una alameda generosa en asaltos, llegar a las vías del tren para rodear la escuela, a sabiendas de que era intocable, que no habría fuerza capaz de tomarme por asalto en esas noches porque estaba enamorado.
Para imaginar que te veía desde lo alto, a pesar de no conocer aún tu habitación, trepaba a los tanques de agua. Mis manos estaban impregnadas de tu aroma, y pese al frío, tu calidez pasaba a tocarme.
El amanecer me alcanzaba caminando de nueva cuenta, por las periferias de Texcoco, o en los campos experimentales, camino al comedor central.
Otra vez pienso en esas noches sin tí en las que tu presencia lo llenaba todo, en las que no tenerte era la feliz promesa de anhelar con vehemencia la primer hora libre para salir corriendo a poseernos y a perder el resto de las clases del día para separarnos de nuevo hasta el siguiente día. Qué ingenuo es uno cuando ama!
Para imaginar que te veía desde lo alto, a pesar de no conocer aún tu habitación, trepaba a los tanques de agua. Mis manos estaban impregnadas de tu aroma, y pese al frío, tu calidez pasaba a tocarme.
El amanecer me alcanzaba caminando de nueva cuenta, por las periferias de Texcoco, o en los campos experimentales, camino al comedor central.
Otra vez pienso en esas noches sin tí en las que tu presencia lo llenaba todo, en las que no tenerte era la feliz promesa de anhelar con vehemencia la primer hora libre para salir corriendo a poseernos y a perder el resto de las clases del día para separarnos de nuevo hasta el siguiente día. Qué ingenuo es uno cuando ama!
XXVII
Sueño poco, usualmente pesadillas. Despierto, sin embargo, y acuden en tropel los recuerdos: la primera vez que estuvimos juntos; afuera maduraban los frutos de un árbol que despues nos alimentaría tras cada entrega, entre esas cuatro paredes descubría, para no olvidarlo nunca, el lunar bajo tu seno derecho; había llovido esa tarde y la universidad estaba desierta cuando la atravesamos rumbo a mi habitación.
Te desnudé mientras me desanudabas, para rendirte pleitesía.
Ese mediodía, antes de lamer tu cuerpo, al pie del puente que después nos vio hiriéndonos, probé por segunda ocasión tus labios.
Te desnudé mientras me desanudabas, para rendirte pleitesía.
Ese mediodía, antes de lamer tu cuerpo, al pie del puente que después nos vio hiriéndonos, probé por segunda ocasión tus labios.
XXV
Esa tarde, hablé de los dragones. De la imperiosa necesidad de mirarlos fijamente en la oscura noche. Nada dije del cuchillo para rajar su carne, pero tú mirabas en otra dirección, absorta; el caos había llamado a la puerta esa mañana, y al no encontrarnos entró a la buhardilla que compartíamos; un par de meses bastaron para dar cuenta de los paisajes tristes, de encontrarnos hasta desconocernos, de poner distancia a nuestros nombres aunque sangráramos.
Pero esa tarde hablamos de nueva cuenta del amor y le dimos nombres, mientras esperábamos el café, tu mano trazó en el aire sus siluetas: permanecía en tí la sonrisa.
Ahora, queda en mí la última imagen de nosotros: yo, de pie al pie del puente, tu marchándote en la ruta 8, unidad 72, el sol cayéndo a plomo, mi corazón hecho un nudo hecho pedazos. Yo, tratando de besarte, tú esquivando la bala de ese beso.
No volvimos a hablar de los dragones, ni de la lucidez ante el abismo. Un día vamos a saltar por el despeñadero, con el peso de nuestras decisiones a cuestas, te dije esa misma tarde. Fue la primera vez que ví borrarse tu sonrisa y tu deseo
Pero esa tarde hablamos de nueva cuenta del amor y le dimos nombres, mientras esperábamos el café, tu mano trazó en el aire sus siluetas: permanecía en tí la sonrisa.
Ahora, queda en mí la última imagen de nosotros: yo, de pie al pie del puente, tu marchándote en la ruta 8, unidad 72, el sol cayéndo a plomo, mi corazón hecho un nudo hecho pedazos. Yo, tratando de besarte, tú esquivando la bala de ese beso.
No volvimos a hablar de los dragones, ni de la lucidez ante el abismo. Un día vamos a saltar por el despeñadero, con el peso de nuestras decisiones a cuestas, te dije esa misma tarde. Fue la primera vez que ví borrarse tu sonrisa y tu deseo
XXVI
Hablar de ti es abrir la puerta a la jauría de recuerdos, que todo se trastoque en la memoria. Vuelvo a un punto donde no hay otra cosa que el presente en el que suceden al mismo tiempo todas las cosas que vivimos juntos: sin pasado ni presente, vuelvo a cargarte infinitamente para cruzar un charco antes de tus aretes vegetales; otra vez descubro el puerto para descubrirte, vuelvo a abrazarte con el nerviosismo de las primeras horas, aspiro por primera vez el aroma de tu cuello, y tiemblo.
domingo, 6 de agosto de 2017
XXIII
Vuelvo a nombrarte, a posar mi lengua sobre el afilado acero de la distancia.
Bajo esta lluvia desolada miro las nubes del horizonte, oigo gemir los perros; en el río, sin gritos, un niño se llena los pulmones de agua.
Bajo esta lluvia desolada miro las nubes del horizonte, oigo gemir los perros; en el río, sin gritos, un niño se llena los pulmones de agua.
XXII
¿Qué fue, a fin de cuentas, lo que nos acercó con esa vertiginosa ansiedad, como si no hubiera posibilidad de mañana, como si en ese viaje se estuvieran determinando por fin y para siempre nuestros destinos?
Algunas tardes, mientras escampa, vuelvo a poner mis vicios sobre la mesa, como quien para ponerse cómodo en una casa que sabe suya, se desanuda los zapatos; miro entonces hacia el techo, sin otro afán que la calma de esas horas previas al desastre: el más placentero. Alguna imagen basta, un sonido de perros en la lejanía, una rama que cruje al paso de un desconocido, y vuelvo a recordarte como eras.
Debíamos entregar un trabajo antes de marcharnos del puerto, aún llevabas colgando los aretes que improvisamos con frutos tiernos de cacahuate en aquella otra comunidad lluviosa, donde un par de noches antes busqué infructuosamente tu presencia entre la oscuridad y cuarenta cuerpos adolescentes; te deseaba desde antes, y esa noche, tras extraviarnos en un centro comercial, tomaste tú la iniciativa y mi mano. Nos extraviamos más aún en un pesero suburbano, hasta que descendimos en una avenida de escasas luces para tomar un taxi. Tus labios fueron imán para mis labios, y el amanecer nos sorprendió mirándolo tumbados sobre la arena.
Algunas tardes, mientras escampa, vuelvo a poner mis vicios sobre la mesa, como quien para ponerse cómodo en una casa que sabe suya, se desanuda los zapatos; miro entonces hacia el techo, sin otro afán que la calma de esas horas previas al desastre: el más placentero. Alguna imagen basta, un sonido de perros en la lejanía, una rama que cruje al paso de un desconocido, y vuelvo a recordarte como eras.
Debíamos entregar un trabajo antes de marcharnos del puerto, aún llevabas colgando los aretes que improvisamos con frutos tiernos de cacahuate en aquella otra comunidad lluviosa, donde un par de noches antes busqué infructuosamente tu presencia entre la oscuridad y cuarenta cuerpos adolescentes; te deseaba desde antes, y esa noche, tras extraviarnos en un centro comercial, tomaste tú la iniciativa y mi mano. Nos extraviamos más aún en un pesero suburbano, hasta que descendimos en una avenida de escasas luces para tomar un taxi. Tus labios fueron imán para mis labios, y el amanecer nos sorprendió mirándolo tumbados sobre la arena.
XXI
Tú me viste, nena. Me conoces bien, sabes que soy un hombre triste, golpeado en las costillas del amor propio, roto en la columna vertebral del espontáneo gesto. Pero sabes también que ese es mi paisaje cotidiano, que cuando me agobia la melancolía con su manada de críos es cuando más cerca estoy de la placidez; que ese y no otro es mi elemento. Que el amor aún me zahiere como una sanguijuela voraz, y sabes también cómo hace bullir mi sangre la tristeza.
Que es mi reducto más seguro, mi ojo de venado, mi gota de ámbar contra la mala suerte. Sabes que eso soy: un hombre que va por la vida simulando un lobo para mantener a raya la calidez que añora; y que a veces bajo la guardia, y toda la coraza se va al traste, y llega el tráfago de emociones a tomar la casa por asalto, y revive viejos demonios.
Entonces, seguro de la caída inminente, de ese acto pueril de rajarse el pecho para dejar salir el amor, ante ese ritual suicida, elijo la bobaliconería, coger la máscara de idiota poco serio, y río por todo, y todo me es sencillo, incluso respirar. Dejo incluso de frecuentar los tugurios donde he puesto a supurar el espiritu, me alejo de las noches, de la música que llama a rebato, de los paisajes que me siguen despertando a la niña desconsolada de la melancolía; y los que no me conocen piensan que esa es la imagen de la sobriedad, que un hombre simple los mira, incapaz de sentir dolor o angustia.
Pero tú sabes que en esos momentos tiendo la mano, porque estoy a un paso del quiebre.
Que es mi reducto más seguro, mi ojo de venado, mi gota de ámbar contra la mala suerte. Sabes que eso soy: un hombre que va por la vida simulando un lobo para mantener a raya la calidez que añora; y que a veces bajo la guardia, y toda la coraza se va al traste, y llega el tráfago de emociones a tomar la casa por asalto, y revive viejos demonios.
Entonces, seguro de la caída inminente, de ese acto pueril de rajarse el pecho para dejar salir el amor, ante ese ritual suicida, elijo la bobaliconería, coger la máscara de idiota poco serio, y río por todo, y todo me es sencillo, incluso respirar. Dejo incluso de frecuentar los tugurios donde he puesto a supurar el espiritu, me alejo de las noches, de la música que llama a rebato, de los paisajes que me siguen despertando a la niña desconsolada de la melancolía; y los que no me conocen piensan que esa es la imagen de la sobriedad, que un hombre simple los mira, incapaz de sentir dolor o angustia.
Pero tú sabes que en esos momentos tiendo la mano, porque estoy a un paso del quiebre.
XX
La vasta coloración de la tristeza, el nudo en la garganta del pasado cuando alguien menciona tu nombre, todos los insectos atravesados por los alfileres de tu beso, la carne herida que reposa al sol como esperando el apareamiento de las moscas para dar paso a la putrefacción.
Te recuerdo así, con el vago horror de lo sagrado, con la ternura a flor de piel, incapaz de correr o de acercarme a todo lo que fuiste mientras fuimos.
Te recuerdo así, con el vago horror de lo sagrado, con la ternura a flor de piel, incapaz de correr o de acercarme a todo lo que fuiste mientras fuimos.
XIX
Dicen que uno se desgarra tras el abandono. Que todo se quiebra y la lluvia brota desde el rincón más lejano de la carne. Todo hombre está condenado, desde su nacimiento, a encontrar el amor, a disfrutar su miel, y, necesariamente, a la pérdida de éste.
Perderte significó un desgarre, aunque más parecido al tedioso desierto.
Y uno dice 'la he perdido' sin tener la certeza de haber poseído, sin la certeza de haberse entregado. Uno insiste en que es poca palabra perder para describir esta desazón, esta ruptura que desde entonces nos enmarca. Esta burda lucidez lo obliga a uno a decir que acaso compartimos sudores y momentos, furias, sin embargo permanecimos ajenos.
Quise escribir con la serena calma del condenado. Recordar los puentes donde el beso fue imposible, los taxis que nos rescataron del extravío en ciudades desconocidas y nos permitieron la sabia del beso de reconocimiento, escuchar de nueva cuenta tu gemido, el hermoso lunar bajo tu seno derecho, las flores que se salvaron de la romántica cursilería, las alamedas donde corrí tras de tí tratando de consolarte, las noches en vela a cuatro manos y dos sexos.
Cierro los ojos y me palpita en el corazón un estallido, se abre de golpe la casa de la memoria, sangro, profusamente.
Vuelvo a evitar ciertos rincones de la noche, ciertas ciudades, los primeros asientos en el transporte público, la literatura que compartí contigo.
Nadie dijo nada de esta agonía que dura siete años.
Perderte significó un desgarre, aunque más parecido al tedioso desierto.
Y uno dice 'la he perdido' sin tener la certeza de haber poseído, sin la certeza de haberse entregado. Uno insiste en que es poca palabra perder para describir esta desazón, esta ruptura que desde entonces nos enmarca. Esta burda lucidez lo obliga a uno a decir que acaso compartimos sudores y momentos, furias, sin embargo permanecimos ajenos.
Quise escribir con la serena calma del condenado. Recordar los puentes donde el beso fue imposible, los taxis que nos rescataron del extravío en ciudades desconocidas y nos permitieron la sabia del beso de reconocimiento, escuchar de nueva cuenta tu gemido, el hermoso lunar bajo tu seno derecho, las flores que se salvaron de la romántica cursilería, las alamedas donde corrí tras de tí tratando de consolarte, las noches en vela a cuatro manos y dos sexos.
Cierro los ojos y me palpita en el corazón un estallido, se abre de golpe la casa de la memoria, sangro, profusamente.
Vuelvo a evitar ciertos rincones de la noche, ciertas ciudades, los primeros asientos en el transporte público, la literatura que compartí contigo.
Nadie dijo nada de esta agonía que dura siete años.
XVII
Me dobla el amor, podría decir. La idea vaga del amor, las mieles largamente prometidas desde el alba de la conciencia. Fórmulas irrisorias, innumerables historias que dan al callejón de la compartida felicidad constante.
Pero hay días así, en que despierto y es enorme el hueco de tu cuerpo sobre las sábanas. Luego viene la sensación de que algo falta, la ausencia del fuego en la entraña. ¿Cómo se sentirá el madero después de arder, luego de haber cargado al profeta sobre su astilla?
Esa sensación de no haberlo intentado todo, de no haberlo incendiado todo, de mirar un rincón y saber que allí no salpicó el sudor de las apasionadas horas. Es una vibración en el bajo vientre, en el nacimiento del músculo que guarda la entrepierna.
Somos los huecos y la herida permanente que deja la cuchilla del tiempo en nuestra carne. Nos dobla la idea del amor cuando supura, cuando nos encuentra con la guardia baja, necesitados de un par de labios y una piel ansiosa por exudar la soledad por unas horas; nos dobla el amor como un fantasma cuando bajamos la mirada, dispuestos a creer en más fantasmas, pero convencidos de la pantomima que supone alabar la sombra: entonces aparece por sorpresa, fruto de nuestros miedos profundos. Nos arrodilla, y nos hiere.
Pero no es el amor, es nuestra mano.
Pero hay días así, en que despierto y es enorme el hueco de tu cuerpo sobre las sábanas. Luego viene la sensación de que algo falta, la ausencia del fuego en la entraña. ¿Cómo se sentirá el madero después de arder, luego de haber cargado al profeta sobre su astilla?
Esa sensación de no haberlo intentado todo, de no haberlo incendiado todo, de mirar un rincón y saber que allí no salpicó el sudor de las apasionadas horas. Es una vibración en el bajo vientre, en el nacimiento del músculo que guarda la entrepierna.
Somos los huecos y la herida permanente que deja la cuchilla del tiempo en nuestra carne. Nos dobla la idea del amor cuando supura, cuando nos encuentra con la guardia baja, necesitados de un par de labios y una piel ansiosa por exudar la soledad por unas horas; nos dobla el amor como un fantasma cuando bajamos la mirada, dispuestos a creer en más fantasmas, pero convencidos de la pantomima que supone alabar la sombra: entonces aparece por sorpresa, fruto de nuestros miedos profundos. Nos arrodilla, y nos hiere.
Pero no es el amor, es nuestra mano.
XVI
No hubo nosotros. Acaso esta turbia conjugación de verbos encrespados, tu falda al viento, mi obsesión por perpetuarlo todo en un encuadre fotográfico; tu vestido rojo, meciéndose sobre los puentes, mi constancia en el delirio.
XV
Hay sabores que te toman por sorpresa, que te dejan anonadado por horas, mientras buscas desentrañar el misterio de sus tonalidades, yo, tan poco versado en la degustación, yo, que me burlo de los sommeliers cuando en un mezcal dicen encontrar notas de melón y semillas exóticas, y desde mi interior digo son farsantes, cuando mucho cándidos hombres con exacerbada imaginación.
Pero muerdo esa fruta de penetrante olor, y salgo sorprendido. Me pongo serio, sin quitarme la sorpresa de los ojos, de cada músculo de la boca, de cada hueso, de cada diente, de cada milímetro de paladar; mirando a mi interlocutor, le digo que espere, que eso no puede ser. Que debe haber un truco. La única respuesta a mi sorpresa es una sonrisa socarrona.
Veníamos por la carretera cuando me gritó, con desesperación, que debía orillarme. Tras regatear, compramos un par de frutos, y una bolsa con pulpa congelada a precio de oro. Yo, que siempre he sido excéptico, acepté escuchar las maravillas que mi acompañante contaba. Entonces, desafiante, socarrón, dí la primer mordida.
Vuelvo a empezar: hay sabores que te toman por sorpresa, que te dejan tambaleante, sorprendido y a medio camino entre la sorpresa y el aturdimiento. El rostro se ilumina, es inevitable. Algunos mezcales tienen esa virtud. Saben a humo, a maguey largamente reposado, a hierbas de monte, a noche de cacería; insisto, me burlo de los sommeliers cuando los oigo decir 'aquí hay una nota de caoba y nuez arábiga, a café y a frutos rojos con resonancias de caoba y otras maderas finas', pero en ese momento, al morder y saborear la yaca, sentí sobre mi lengua y bajo mi paladar un tropel desbocado de sabores, como de caballos salvajes por las praderas de Wyoming, perseguidos por indios Sioux o Lakota, o Pies Negros. A la primera mordida, pensé había mordido un trozo jugoso de piña, luego fue cerrar los ojos y mordiscar un plátano en la sierra chiapaneca, sudoroso y asoleado; por la tercer mordida sentí la dulzura de una fresa hurtada durante el corte, en los campos de Baja California, bajo el sol plomizo e inclemente. También supe de la sandía y de una lejanísima naranja que se ancló en mi lengua por largas horas. Luego de casi terminarme la pulpa seguía preguntando por el oscuro secreto del sabor que guardaba esa fruta.
Aquella tarde, lejana ya, entré a hurtadillas a tu habitación. Secabas tu cuerpo con una toalla enorme antes de que te arrojara sobre la cama. Abriste las piernas, y mi lengua se enquistó entre ellas, hambrienta. Un sabor que me dejó anonadado, deliciosamente sorprendido: tu coño húmedo asediado por mi lengua, persiguiendo mi olfato.
Aún ahora me pregunto por el luminoso embrujo que tenías entre las piernas, y me burlo de los sommeliers, pero sigo anonadado, deslumbrado, ciego.
Pero muerdo esa fruta de penetrante olor, y salgo sorprendido. Me pongo serio, sin quitarme la sorpresa de los ojos, de cada músculo de la boca, de cada hueso, de cada diente, de cada milímetro de paladar; mirando a mi interlocutor, le digo que espere, que eso no puede ser. Que debe haber un truco. La única respuesta a mi sorpresa es una sonrisa socarrona.
Veníamos por la carretera cuando me gritó, con desesperación, que debía orillarme. Tras regatear, compramos un par de frutos, y una bolsa con pulpa congelada a precio de oro. Yo, que siempre he sido excéptico, acepté escuchar las maravillas que mi acompañante contaba. Entonces, desafiante, socarrón, dí la primer mordida.
Vuelvo a empezar: hay sabores que te toman por sorpresa, que te dejan tambaleante, sorprendido y a medio camino entre la sorpresa y el aturdimiento. El rostro se ilumina, es inevitable. Algunos mezcales tienen esa virtud. Saben a humo, a maguey largamente reposado, a hierbas de monte, a noche de cacería; insisto, me burlo de los sommeliers cuando los oigo decir 'aquí hay una nota de caoba y nuez arábiga, a café y a frutos rojos con resonancias de caoba y otras maderas finas', pero en ese momento, al morder y saborear la yaca, sentí sobre mi lengua y bajo mi paladar un tropel desbocado de sabores, como de caballos salvajes por las praderas de Wyoming, perseguidos por indios Sioux o Lakota, o Pies Negros. A la primera mordida, pensé había mordido un trozo jugoso de piña, luego fue cerrar los ojos y mordiscar un plátano en la sierra chiapaneca, sudoroso y asoleado; por la tercer mordida sentí la dulzura de una fresa hurtada durante el corte, en los campos de Baja California, bajo el sol plomizo e inclemente. También supe de la sandía y de una lejanísima naranja que se ancló en mi lengua por largas horas. Luego de casi terminarme la pulpa seguía preguntando por el oscuro secreto del sabor que guardaba esa fruta.
Aquella tarde, lejana ya, entré a hurtadillas a tu habitación. Secabas tu cuerpo con una toalla enorme antes de que te arrojara sobre la cama. Abriste las piernas, y mi lengua se enquistó entre ellas, hambrienta. Un sabor que me dejó anonadado, deliciosamente sorprendido: tu coño húmedo asediado por mi lengua, persiguiendo mi olfato.
Aún ahora me pregunto por el luminoso embrujo que tenías entre las piernas, y me burlo de los sommeliers, pero sigo anonadado, deslumbrado, ciego.
XIV
Le dimos demasiada importancia. Necesitábamos sostener el vuelo, dejar al agua de los días salpicarnos con su magia. Tanta importancia tuvo que lo dejamos en las manos del otro, para que lo cuidara como un cachorro famélico o una planta al borde de la deshidratación. Ambos quedamos con las manos vacías, dispuestas a edificar otras ciudades mientras hablábamos de lo importante que era mantenerlo a salvo. No lo vimos ahogándose en la repulsiva masa del trajín cotidiano, hambriento, receloso, agresivo.
Cuando llueve en la ciudad, aún puedo sentir bajo mis plantas el concreto de esa tarde, puedo oler el acero humedecido de los pasamanos de aquel puente, no miento si ahora acepto que muchas veces he sentido de nueva cuenta la caricia helada de la lluvia incipiente de esa tarde, el temblor que me arropó cuando tu beso se puso de puntillas y me tocó los labios. No he vuelto a hundirme con esa placidez en la tibia voluptuosidad de un cuerpo ajeno. Mi habitación de estudiante, enorme, cobijándonos en la desnudez, dando alojo a mi asombro ante el terso tacto de tu piel.
El amor era una palabra para aderezar las horas, para justificar el ardoroso desenfreno, el edulcorante que la pasión requería al abandonar las sábanas. Eso era, una flor para mitigar el largo horizonte del desierto. Tanta fue la importancia que le dimos que terminó matándonos de tedio, receloso, hambriento, como bestia feral dejó su dentellada impresa en nuestros hombros.
Cuando llueve en la ciudad, aún puedo sentir bajo mis plantas el concreto de esa tarde, puedo oler el acero humedecido de los pasamanos de aquel puente, no miento si ahora acepto que muchas veces he sentido de nueva cuenta la caricia helada de la lluvia incipiente de esa tarde, el temblor que me arropó cuando tu beso se puso de puntillas y me tocó los labios. No he vuelto a hundirme con esa placidez en la tibia voluptuosidad de un cuerpo ajeno. Mi habitación de estudiante, enorme, cobijándonos en la desnudez, dando alojo a mi asombro ante el terso tacto de tu piel.
El amor era una palabra para aderezar las horas, para justificar el ardoroso desenfreno, el edulcorante que la pasión requería al abandonar las sábanas. Eso era, una flor para mitigar el largo horizonte del desierto. Tanta fue la importancia que le dimos que terminó matándonos de tedio, receloso, hambriento, como bestia feral dejó su dentellada impresa en nuestros hombros.
XIII
Hablemos del aleteo de las aves, de las madrugadas aderezadas con su canto, de la depredación de los insectos de la casa; de cómo, aunque todo aparente entregarse al sueño, siempre habrá alguna bestia o mínimo animal que vigile el sueño de la casa. Digamos que nada duerme, aunque nosotros terminemos por cerrar las persianas de los ojos, aunque nos figuremos que tras el sueño no hay apenas nada, la densa niebla que todo lo envuelve como una madre celosa de su oficio.
En las horas de silencio, brotaba siempre la historia de un patio antiguo en el que hubo un ficus gigantesco, helechos y buganvilias haciendo de barandal para las escaleras. Que durante los días de lluvia un niño con mi nombre armaba barcos de papel estraza, y se quedaba mirando su partida envueltos entre las violentas aguas de los arroyos pluviales hasta alcanzar el naufragio o la piedra para encallar sus dobleces.
Jamás te conté que mi abuela tenía palomas. Que teníamos prohibido mirar los huevecillos que éstas ponían, bajo pena de castigo, porque de hacerlo la madre devoraría a sus crías nonatas. Sobra decir que las palomas murieron sin haber visto descendencia, que a todo el amor que he empollado, como esas palomas, les quebré el cascarón, para esperarte.
En las horas de silencio, brotaba siempre la historia de un patio antiguo en el que hubo un ficus gigantesco, helechos y buganvilias haciendo de barandal para las escaleras. Que durante los días de lluvia un niño con mi nombre armaba barcos de papel estraza, y se quedaba mirando su partida envueltos entre las violentas aguas de los arroyos pluviales hasta alcanzar el naufragio o la piedra para encallar sus dobleces.
Jamás te conté que mi abuela tenía palomas. Que teníamos prohibido mirar los huevecillos que éstas ponían, bajo pena de castigo, porque de hacerlo la madre devoraría a sus crías nonatas. Sobra decir que las palomas murieron sin haber visto descendencia, que a todo el amor que he empollado, como esas palomas, les quebré el cascarón, para esperarte.
XII
Ese año tampoco fuí a votar. Se me volvía a antojar pueril. Se me venía a la cabeza tu calor. Mi mano en tu vientre. En tu cintura, reptando por el muro de tu espalda. Estaba convencido de quererte.
Había perdido la cartera, la última que tuve, en un mitin, muerto de calor y apenas dos cervezas. Había perdido, además, las certezas. Tu calor. Mi mano en tu vientre, acariciando las líneas de tu rostro. Explorando el bosque de tu pubis. Estaba convencido de la permanencia.
Preferí volver a mi habitación, escribir una serie de cartas breves para alimentar los pichones de tu asombro. Me empeñaba en fumar. En dejarte notas por doquier. Mi único oficio era inventar nombres para tu ternura. Tu calor, mi mano en el muro de tu espalda. En el bosque de tu pubis, en el redondo paraíso de tus nalgas.
La dueña de la casa siempre me regalaba peras de su patio. Y revistas cristianas.
Una vez me preguntó si pensábamos casarnos. Sonreí.
Tu calor, mi mano en tu cintura. Mi lengua en tu entrepierna. Ardiendo.
Había perdido la cartera, la última que tuve, en un mitin, muerto de calor y apenas dos cervezas. Había perdido, además, las certezas. Tu calor. Mi mano en tu vientre, acariciando las líneas de tu rostro. Explorando el bosque de tu pubis. Estaba convencido de la permanencia.
Preferí volver a mi habitación, escribir una serie de cartas breves para alimentar los pichones de tu asombro. Me empeñaba en fumar. En dejarte notas por doquier. Mi único oficio era inventar nombres para tu ternura. Tu calor, mi mano en el muro de tu espalda. En el bosque de tu pubis, en el redondo paraíso de tus nalgas.
La dueña de la casa siempre me regalaba peras de su patio. Y revistas cristianas.
Una vez me preguntó si pensábamos casarnos. Sonreí.
Tu calor, mi mano en tu cintura. Mi lengua en tu entrepierna. Ardiendo.
XI
Cierra los ojos. El año asoma sus garras, afila el colmillo, repite nuestros nombres. Nada sabe de esta muerte a solas, de esta agonía de todas horas con la sonrisa a flor de piel. Pocos saben, también, de los rituales que compartimos, de las calles que comencé a evitar un instante después de la separación.
Cierro los ojos, aspiro. Me colma las narices el olor de viejas fotografías, el beso salobre del mar de Veracruz (casi podría jurar que esa tarde, detrás de tu acné, distraído por tu sonrisa y un par de aretes hechos con cacahuetes, ví por primera vez el mar: con los ojos del que ha quedado prendado sin saberlo, triste figura), el cacao de tu boca -siempre voy a tener ese olor colgando de mi memoria, aunque los años pasen-, el agridulce de tu entrepierna, la pintura fresca de los salones de clase, las hojas cayendo de los árboles.
Hoy, esta noche, recojo la pulpa de frutos con agresiva musilaginosa, los dedos se me pegan a la cáscara, recuerdo la primera vez que chupé el fruto del cacao, la frescura de la guanábana. Muerdo esa pulpa, sólo un poco antes de empacarlo todo, pienso en el mezcal y un posible maridaje. Pienso, tras el primero mordisco, en la pomarrosa, un mango llegando a su madurez, el jugo de un melón, y una lejana piña, apenas insinuada; la quijada, cada vértebra que me sostiene, se estremecen. La misma sensación del primer lengüetazo luego de haberte arrancado los bluejeans.
Cierro los ojos, aspiro. Me colma las narices el olor de viejas fotografías, el beso salobre del mar de Veracruz (casi podría jurar que esa tarde, detrás de tu acné, distraído por tu sonrisa y un par de aretes hechos con cacahuetes, ví por primera vez el mar: con los ojos del que ha quedado prendado sin saberlo, triste figura), el cacao de tu boca -siempre voy a tener ese olor colgando de mi memoria, aunque los años pasen-, el agridulce de tu entrepierna, la pintura fresca de los salones de clase, las hojas cayendo de los árboles.
Hoy, esta noche, recojo la pulpa de frutos con agresiva musilaginosa, los dedos se me pegan a la cáscara, recuerdo la primera vez que chupé el fruto del cacao, la frescura de la guanábana. Muerdo esa pulpa, sólo un poco antes de empacarlo todo, pienso en el mezcal y un posible maridaje. Pienso, tras el primero mordisco, en la pomarrosa, un mango llegando a su madurez, el jugo de un melón, y una lejana piña, apenas insinuada; la quijada, cada vértebra que me sostiene, se estremecen. La misma sensación del primer lengüetazo luego de haberte arrancado los bluejeans.
IX
Escribo, repaso las líneas emborronadas en tu nombre, los días que dejó de llover para dar paso a tu sonrisa. Todo lo repaso. La gerbera robada a un desconocido difunto para provocar tu risa, tocar una vez más el terciopelo de tu mirada tierna. Tus uñas en mi espalda. El principio de lo terrible: tomar tu mano y dejarse embriagar por la dulzura del vuelo. Años después sé cuánto jode una resaca de vinos dulces. Y aún caigo en la vorágine.
Retrocedo. Escribo, vuelvo a estar de pie, frente al auditorio principal de la escuela, aún sueño con largas bibliotecas e interminables noches. Vuelvo a sostener el sosiego entre las manos, empuño mi cámara fotográfica enfundado en la vieja chamarra de mezclilla que Margarito me regaló una noche, poco antes de salir a Ciudad de Mëxico; la noche era un témpano, y de algún modo me salvó de dormir congelado. Vuelvo a fotografiarlo todo, los pasillos de la universidad, las butacas, las manos enlazadas de los amantes. En el horizonte hay nubes, campos de cultivo, y un deseo obsceno por devorar lo que haya a mi paso.
Vuelvo a caminar sobre las vías del tren, redactando de memoria largas cartas que redacto apenas llegar al minúsculo cuarto que rento en la periferia de Texcoco. Algunas noches salía a mirar la noche y las luces de la ciudad, me colgaba, ebrio, de las barbas del amanecer.
Nunca te conté que durante las borracheras alguna vez desperté en Río Frío, siete de la mañana, buscando pulque y algo de comida en las fondas, de las ficheras que lloraban en mi hombro cuando, después de preguntar por mi piel, les contaba alguna historia truculenta, de mis amigos, afectos a la marihuana y a buscar amores transexuales en los bares de Puerto Aéreo, del vodka y las alucinaciones, de la pesadilla que me persigue con más afán que tu recuerdo.
Escribo, bebo mezcal, pero ya no intento liarme con el tabaco. Tú sabes que soy un hombre hosco, receloso. Que ni yo supe cómo te abrí la puerta. Lo sabes bien: abriste cada cerrojo y cada persiana de esta casa que mantuve a cal y canto. Tal vez no sepas, pero algo se quebró en mi, algo se derritió tras tu llegada. Todo lo volqué en torno tuyo. La sobriedad. El vértigo que me provocaba decir te quiero. Pero seguías llamándome Señor Frío. Entonces tomaba tu mano, o la cámara, y disparaba en dirección tuya. No te lo dije todo. No había forma de hacerlo.
Ahora, hijos del polvo, nos hemos alejado. A la deriva, mi corazón cicatrizó pero la herida no ha sanado. He de decirte con certeza que la coloración de todos los atardeceres me recuerda siempre ese vestido rojo, el pasillo resguardado por arbustos que ya no existe, la zozobra, el deleite, haber tocado el viviente jardín ese día.
Retrocedo. Escribo, vuelvo a estar de pie, frente al auditorio principal de la escuela, aún sueño con largas bibliotecas e interminables noches. Vuelvo a sostener el sosiego entre las manos, empuño mi cámara fotográfica enfundado en la vieja chamarra de mezclilla que Margarito me regaló una noche, poco antes de salir a Ciudad de Mëxico; la noche era un témpano, y de algún modo me salvó de dormir congelado. Vuelvo a fotografiarlo todo, los pasillos de la universidad, las butacas, las manos enlazadas de los amantes. En el horizonte hay nubes, campos de cultivo, y un deseo obsceno por devorar lo que haya a mi paso.
Vuelvo a caminar sobre las vías del tren, redactando de memoria largas cartas que redacto apenas llegar al minúsculo cuarto que rento en la periferia de Texcoco. Algunas noches salía a mirar la noche y las luces de la ciudad, me colgaba, ebrio, de las barbas del amanecer.
Nunca te conté que durante las borracheras alguna vez desperté en Río Frío, siete de la mañana, buscando pulque y algo de comida en las fondas, de las ficheras que lloraban en mi hombro cuando, después de preguntar por mi piel, les contaba alguna historia truculenta, de mis amigos, afectos a la marihuana y a buscar amores transexuales en los bares de Puerto Aéreo, del vodka y las alucinaciones, de la pesadilla que me persigue con más afán que tu recuerdo.
Escribo, bebo mezcal, pero ya no intento liarme con el tabaco. Tú sabes que soy un hombre hosco, receloso. Que ni yo supe cómo te abrí la puerta. Lo sabes bien: abriste cada cerrojo y cada persiana de esta casa que mantuve a cal y canto. Tal vez no sepas, pero algo se quebró en mi, algo se derritió tras tu llegada. Todo lo volqué en torno tuyo. La sobriedad. El vértigo que me provocaba decir te quiero. Pero seguías llamándome Señor Frío. Entonces tomaba tu mano, o la cámara, y disparaba en dirección tuya. No te lo dije todo. No había forma de hacerlo.
Ahora, hijos del polvo, nos hemos alejado. A la deriva, mi corazón cicatrizó pero la herida no ha sanado. He de decirte con certeza que la coloración de todos los atardeceres me recuerda siempre ese vestido rojo, el pasillo resguardado por arbustos que ya no existe, la zozobra, el deleite, haber tocado el viviente jardín ese día.
VIII
Exploraba el mundo cuando te hallé; todo era el fuego, el furor irascible de los días, mi carne palpitaba en cada músculo como un solo corazón. El mundo era vasto, inmarcesible. Luego se redujo a vos, a tu cintura, a un orbitar de abeja en torno a tu cintura, alimentarse de nada, salvo el agua de tus labios. El mundo circundante eran tus hoyuelos, la anárquica constelación de tus lunares. Podía ver la hierba creciendo tras tu paso, las hojas caídas volviendo a la rama.
Cuando te fuiste, el universo volvió a ensancharse, pero ya no le hallaba sentido a ahondar en sus misterios.
VII
Supón que estoy contigo. Que vuelvo a tomar tu mano mientras te cuento de la invención del fuego, de los hombres que envejecieron esperando la llegada de un salvador. Yo hago analogías de lo nuestro, del pasado que me ladra desde su cerco de maderos blancos, encadenado, pero salvaje y temerario. Digo amanece y es como estar mascullando tu nombre, como si describiera verte salir de entre tus cobijas, despeinada, la voz pastosa, besar tu frente y después ese curioso lunar en el centro de tu espalda, acariciar tus pechos, ver cómo te acomodas la ropa que a la noche te arrancó mi par de manos, salir apresurados a la calle.
Pero estoy lejos, y he asumido la distancia como un defecto mío, aunque bien sabes que no sé existir de otra manera, que dejo de arder, que se apaga la flama en mi pecho frío, y muero, si no me marcho. Que quedarme es igual a torturarnos, a romper en pequeños trozos de desesperación la noche. Que no hay modo de no ser cruel ante lo cotidiano. Que se habrían roto los cristales con que mirábamos el amor, y todo lo bello que creció entre nuestras manos habría florecido como una especie atroz que todo lo marchita a su paso.
Supón que estamos juntos, sentados otra vez en aquel parque, o en el mismo recital donde nos conocimos. Vuelvo a acariciar tu talle mientras te digo que este yo cansado que te escribe sigue descoyuntado del ánimo, y roto. Que sobrevivo, que la tímida flama que alguien olvidó en el pecho, algunas tardes arde intensa, como si fueses a volver, como si la dualidad tras la separación fuese posible.
Pero estoy lejos, y he asumido la distancia como un defecto mío, aunque bien sabes que no sé existir de otra manera, que dejo de arder, que se apaga la flama en mi pecho frío, y muero, si no me marcho. Que quedarme es igual a torturarnos, a romper en pequeños trozos de desesperación la noche. Que no hay modo de no ser cruel ante lo cotidiano. Que se habrían roto los cristales con que mirábamos el amor, y todo lo bello que creció entre nuestras manos habría florecido como una especie atroz que todo lo marchita a su paso.
Supón que estamos juntos, sentados otra vez en aquel parque, o en el mismo recital donde nos conocimos. Vuelvo a acariciar tu talle mientras te digo que este yo cansado que te escribe sigue descoyuntado del ánimo, y roto. Que sobrevivo, que la tímida flama que alguien olvidó en el pecho, algunas tardes arde intensa, como si fueses a volver, como si la dualidad tras la separación fuese posible.
VI
Tú sabes que te nombro en cada esquina de mi vida, en cada laberinto, en la arena de todos los desiertos, en la cima de cada montaña que alcanzo, exhausto y envejecido. No tengo otro modo de acercarme a ti si no es en el ensueño, al barajar las cartas del recuerdo. Tú sabes que mastico la nostalgia cuando septiembre llega de nueva cuenta a mojar las avenidas, cuando todo pierde el sentido y vuelve a ser noviembre, y este que soy, o era, te persigue por los pasillos que nos dieron vida.
Te vuelvo a dar los pequeños nombres con que alimenté el fuego de la ternura y del deseo, y la tarde me devuelve como en un eco los nombres que ahora me hieren pero entonces me permitieron respirar entre la polvareda de la hecátombe.
Las horas caen otra vez como las hojas del otoño. Ahora mismo son las cuatro de la tarde, veo la floración de los duraznos coloreando trozos de horizonte, aunque el cielo azul se imponga sobre esta maraña de pinos que la urbanidad va devorando, pero no tengo la cámara a mano para explicarte en una imagen esta visión del futuro que ya no compartimos.
Siempre que pienso en ti, recuerdo un fragmento de Dalton, y aunque era estandarte para elevar la moral de mi ejército de suspiros, me pone triste, tan triste como era cuando me conociste, aunque ahora le haga falta tu mano a las comisuras de los dedos, y tu mirada a mi paisaje. Algunas tardes, a punto de saltar al vacío, me repito que hace frío sin tí, pero se vive. Todo lo cubre un manto gris, pero alcanza para mantenerse respirando en esta primavera de lacerados horizontes.
Te vuelvo a dar los pequeños nombres con que alimenté el fuego de la ternura y del deseo, y la tarde me devuelve como en un eco los nombres que ahora me hieren pero entonces me permitieron respirar entre la polvareda de la hecátombe.
Las horas caen otra vez como las hojas del otoño. Ahora mismo son las cuatro de la tarde, veo la floración de los duraznos coloreando trozos de horizonte, aunque el cielo azul se imponga sobre esta maraña de pinos que la urbanidad va devorando, pero no tengo la cámara a mano para explicarte en una imagen esta visión del futuro que ya no compartimos.
Siempre que pienso en ti, recuerdo un fragmento de Dalton, y aunque era estandarte para elevar la moral de mi ejército de suspiros, me pone triste, tan triste como era cuando me conociste, aunque ahora le haga falta tu mano a las comisuras de los dedos, y tu mirada a mi paisaje. Algunas tardes, a punto de saltar al vacío, me repito que hace frío sin tí, pero se vive. Todo lo cubre un manto gris, pero alcanza para mantenerse respirando en esta primavera de lacerados horizontes.
V
Mira, es poco lo que puedo decir a la distancia. Los calendarios se esfuman y yo con la copa de tu ausencia en una mano. Los ocasos se repiten, y sólo hay inapetencia.
Algunas noches supe volver a dibujar tu silueta en el sueño, a oir tu voz repitiendo esa frase tuya.
Pero mírame, estoy entero. Tal cual quedé tras la separación. No hay mutilación en este cuerpo que te levantó altares en cada orgasmo. Ni heridas. Sólo me queda este masticar tu nombre, rumiar sus sílabas como una bestia en descampado.
IV
Buscarte en los andenes, en el bullicio de los centros comerciales, en las interminables calles y avenidas de esta ciudad: tarea agobiante. Cerrar los ojos, diluir en el suspiro la gana de esperarte, cosa fácil. Abrir los ojos, evitar que el sobresalto lo encuentre a uno en el más mínimo detalle que te acerque, en una cabellera que dobla la esquina, que nada me sea familiar, que nada tenga tu aire, que el sosiego vuelva a posar su labio sobre mi frente; que no me parezca dable hallarte en cada convergencia de vagones, en cada cambio de ruta, en los congresos o en los museos: extenuante.
Caminar de nueva cuenta la ciudad, que cada paso dado, cada escalón conquistado sean la opresiva sospecha de tu cercanía, la angustia introduciendo sus garras por mi garganta. Este abrirse los diques de la nostalgia que me inunda los párpados.
Cuando nos alejamos, sabía que la primavera volvería como un cuchillo.
Caminar de nueva cuenta la ciudad, que cada paso dado, cada escalón conquistado sean la opresiva sospecha de tu cercanía, la angustia introduciendo sus garras por mi garganta. Este abrirse los diques de la nostalgia que me inunda los párpados.
Cuando nos alejamos, sabía que la primavera volvería como un cuchillo.
III
Digamos que algunas veces le pertenezco al polvo, que la tarde canta y lentas, impasibles se van hundiendo en el suelo nuevas raíces nacidas en el centro de mi sosiego. Que alguna veces entiendo del vuelo de las aves y de tu falda, que abro los ojos y el mundo me parece un cadáver que sonríe, como si su sonrisa fuera su última voluntad, su testamento; que me alejo del que fui, que no hay madero en este océano al cual aferrar todo este horror, esta desesperada ansia por llamarte.
II
Escribo, para dejar constancia de mi paso por tu rostro, de los fulgores encendidos en el encuentro de nuestras pieles; para dejar la huella de mi sosiego herido tras tu beso, sal que mantiene el fuego en el vientre de la herida, agua que pese a la calma respira el aire de la tormenta, su oleaje y sus relámpagos.
Pongo el dedo sobre la arena, tomo el bolígrafo, la tiza, el grafito, el teclado, lo que haya a mano para iluminar tu andar de pantera en permanente celo, para darle forma a los sonidos de tu noche y de tu ocaso; en tropel vienen a buscarme los latidos desbocados del pecho, el recuerdo de las horas gastadas a tu lado, la candidez que fue lazo entre nosotros, mi carne abierta para recibir tu lengua y con ella el beso que manaba desde el fondo de tu boca.
Escribo, inusitado, febril, pero no sé decir gran cosa más allá de la inacabada geografía de tus lunares, un par de figuras mal acabadas, el desasosiego que hizo nido en mi cabeza, el dulce espasmo de tu ira.
Para dar fe de tu partida, para justificar la sed de otras entrañas y otros páramos, esta vida que huye precipitada entre mis manos, para decir tu nombre al viento, para sostener en la mano, moribundo pero de pie, el cirio de la soledad.
I
Alguien habrá de amarte en esta hora, pero le hará falta el tesón y la malicia que yo supe, aunque mal, combinar con la ternura. Abrirán las persianas, sólo para cerrarlas inmediatamente, víctimas de tu pudor.
Alguien habrá de amarte esta mañana, ahora que mi pecho se oscurece como la tarde en que partimos en dos ese nosotros que hoy no sé si fue tan cierto. Aún he de soñar tus manos sobre mis manos posadas en tus glúteos, tu boca llamando mi atención.
Aquí, en esta casa que momentáneamente llamo mía, en esta fugacidad que me pertenece, escribo al aire tu nombre, te llamo y te sé ajena.
Porque uno desea lo que aún no le pertenece, lo que ya no le pertenece.
Pero nada, acaso la ilusión es nuestra pertenencia. Y de ahí parte el caudaloso manantial de esta desdicha que me inunda el corazón desde hace siglos.
Tú sabes que soy débil, que la voluntariosa sed con que te amé era apenas un escudo quebradizo que no soportó el embate de tu beso y de tu adiós.
Que habría sido capaz de ser ese otro que te posee en esta hora, aunque poco sepa de la ternura y del desvelo, del violento deseo que aviva el fuego de tu vientre
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XCII
Hay un ancla en ciudad del ámbar que me obliga a detenerme cuando paso cerca suyo. Aquí pasé largas tardes rumiando la última llamada, el ve...