Tú me viste, nena. Me conoces bien, sabes que soy un hombre triste, golpeado en las costillas del amor propio, roto en la columna vertebral del espontáneo gesto. Pero sabes también que ese es mi paisaje cotidiano, que cuando me agobia la melancolía con su manada de críos es cuando más cerca estoy de la placidez; que ese y no otro es mi elemento. Que el amor aún me zahiere como una sanguijuela voraz, y sabes también cómo hace bullir mi sangre la tristeza.
Que es mi reducto más seguro, mi ojo de venado, mi gota de ámbar contra la mala suerte. Sabes que eso soy: un hombre que va por la vida simulando un lobo para mantener a raya la calidez que añora; y que a veces bajo la guardia, y toda la coraza se va al traste, y llega el tráfago de emociones a tomar la casa por asalto, y revive viejos demonios.
Entonces, seguro de la caída inminente, de ese acto pueril de rajarse el pecho para dejar salir el amor, ante ese ritual suicida, elijo la bobaliconería, coger la máscara de idiota poco serio, y río por todo, y todo me es sencillo, incluso respirar. Dejo incluso de frecuentar los tugurios donde he puesto a supurar el espiritu, me alejo de las noches, de la música que llama a rebato, de los paisajes que me siguen despertando a la niña desconsolada de la melancolía; y los que no me conocen piensan que esa es la imagen de la sobriedad, que un hombre simple los mira, incapaz de sentir dolor o angustia.
Pero tú sabes que en esos momentos tiendo la mano, porque estoy a un paso del quiebre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario