jueves, 23 de marzo de 2023

XCII

Hay un ancla en ciudad del ámbar que me obliga a detenerme cuando paso cerca suyo. Aquí pasé largas tardes rumiando la última llamada, el vendaval que me nació en la calma en aquel parque de la lejanísima ciudad de los mendigos, antes de partir hacia este sur de muros estragados por la triste urgencia de poetizar el abandono y el hambre de hombres y mujeres para quienes sigo siendo un extraño. Luego, una llamada más antes de adentrarme en la sierra, y otro golpe, llegar a orillas del río Xoc y apenas devuelta el alba, regresar, huyendo de mí mismo, de saberme no solo, pero sin ti; sin otra intención que desaparecer tomé por asalto las calles, desorientado conquistador sin más ejército de ocupación que la tristeza, sin más artilugios de asedio que el silencio y el anonimato. Alejado de cantinas, de fumaderos de crack, de peleas callejeras, y apuestas que terminan con un reguero de sangre algunas madrugadas, busqué los puntos altos de ciudad ámbar para mirar sin interrupciones el espejismo o la belleza que no me serían dados. Volví a huir pasados unos días o algunos lustros, hablé de ti sin nombrarte, ocultando tu nombre entre lo dicho, y una tarde llegué tiritando de frío a Jovel, hambriento y sobre todo desolado. Alguien al pasar a un lado pensó en fantasmas o en la caridad debida al desamparado pero ninguno arrojó moneda alguna contra mi carne. Volví a huir: el cielo aborregado a la orilla de la carretera parecía una promesa que no supe o ya no quise descifrar, y cerré los ojos. Para cuando desperté estaba de nuevo en la ciudad de los mendigos, anónimo y cercano al olvido en el tumulto, y sabedor de que ya nada en su sordidez me deslumbraría al grado de intentar volver a amar su caos. Seguí huyendo, sin decir tu nombre pero llamándote de todas las formas que encontré posibles, seguro de que no volvería a encontrarte, que fuiste una colisión sin posibilidad de replicarse, un relámpago que no vuelve a caer jamás en ningún sitio, y estaba de nuevo solo, huyendo, como al principio.

domingo, 12 de marzo de 2023

XCI

 Quise, tras tu partida, volver a casa, abrazar el espejismo de un sitio al cual volver, pero era tarde y todas las esquinas habían sido abandonadas por los borrachines cotidianos. La casa se agrietó en un para siempre lleno de telarañas y raíces que crecieron bajo la casa y un día, no supe a qué hora, asomaron su punta por entre el suelo, afuera un ejército de zanates anunciaba su reino desde la copa de los ficus.
Dejé de hablar de ti, de frecuentar la ciudad donde el deseo acuñó su moneda de sudor y orgasmo. Pero la casa ya me era ajena, o yo había vuelto tan distinto que nunca supe dónde acomodar las maletas del tedio y volví a recorrer la calle, lo que en otro tiempo llamé el mundo, un ardiente pero minúsculo universo en el que ya no cabía el perro del recuerdo.
Quise, entonces, para ahuyentar tu aroma de cacao y fruta recién cortada, volver a mascar la tristeza del que huye sin rumbo fijo y arrié mis velas, y encallé y me hice mayor y sin hogar y solo.

XC

 No, no amé tu carne. Amé el olor de la mía desangrándose en la fauce de los días.

LXXXIX

 Cualquier pretexto bastó para anudarnos, carne a carne, mordida a labio, un trozo de papel donde se garabateaba una promesa húmeda y feliz, la penumbra de ciertos espacios públicos, un invernadero del que robé suculentas que después regalé a cualquiera excepto a ti, los puentes peatonales a donde comenzaba el desconocido y excitante reino de tu deseo.
Como extranjero, como recién llegado, entré en tu puerto, oculto tras un jardín que custodiaba una mujer que nunca supo mi nombre. Como extranjera, como recién llegada, aterrizaste en mi habitación de hombre solo con los frutos de la huerta vecina en tu regazo.
Llegó, sin embargo, la hora de partir, de poner al olvido a desordenar recuerdos, las cartas que se retrasaban siempre sin remitente, devoradas por los krakenes del polvo, las fotografías que se perdieron en las horas del rencor, las largas carreteras que comenzaron a germinar en torno nuestro como maleza en torno de una casa que ha sido abandonada de sí misma.
Ahora te recuerdo, cervatilla, sin nombrarte, y hay algo que aún duele agradablemente en la carne de la memoria, pero sé bien que ya hemos atravesado el incendio y sus promesas de abrasamiento y calcinación, y estamos vivos sobre la cuerda floja de los días. Ahora te recuerdo, cervatilla, pero ya no garabateo ni alcanzo a leer promesas en trozos de papel improvisados, ni aterrizo, ni anclo, ni tomo trenes que me lleven a la incertidumbre de tu abrazo.

LXXXVIII

 Antes de ti, después de ti, contigo: cabalgo a lomos de la duda.
Quiero decir que dudo de mí, de las cosas en las que he puesto mi devoción y mi fervor. De la palabra que en torno a tu cuerpo dejé crecer como una enredadera, de los circunloquios en los que intercambiamos saliva y promesas de perpetua propiedad.
Antes de ti, después de ti: mi humanidad no fue un témpano, sino un páramo donde nada crece, ni aves equivocadas dejan escapar su trino. Contigo: todo tenía el color del incendio, terminaba toda era glacial.
¿Existió ese puente y esa lluvia que nos acercó, ascua uno y seca hierba el otro, el amanecer en Palmilla, los cultivos de cacahuate, la oscura esquina donde tomamos el anónimo taxi que terminó por sellar nuestro deseo, ese casi amanecer en el puerto?
Antes de ti, después de ti, nada.
El viento trae consigo tu recuerdo, el vestido rojo hecho jirones, tu taconeo por la calzada.
He dicho que estoy a salvo, que la herida ya no ladra. Tal vez estuve equivocado.

LXXXVII

 No hablé de ti. Hablé de tus pisadas sobre la hojarasca de noviembre, de tu cadera péndulo de fuego oscilante sobre mi humanidad, de mi lengua limadura de acero yendo inexorable hacia el húmedo imán de tu entrepierna; dije las palabras que sin lograrlo quisieron abarcarte, de las noches que navegamos por un mar de pieles anudadas, de los días de caminar a solas por pasillos largamente detestados, de las horas y los puentes que se tornaron amargas señales de tu paso por mi vida. Dejé fermentar el recuerdo en ciertas fotografías donde no aparece tu rostro, sino una imagen tuya, un rastro que señala el origen del incendio y la obligada ceniza.
No hablé de ti, no pronuncié en la vigilia o en la embriaguez profunda tu nombre. Dije palabras, oraciones que quisieron acercarse a tu tibieza, que al tratar de tocarte trocaron hielo su vehemencia y naufragaron con la misma desesperación con que un barco camaronero se hunde en el hambre o en el frío de la sal y del agotamiento.
No pronuncié tu nombre para dejar cerrar la herida, para salvarme, y sigo supurando.

LXXXVI

 Una vida más tarde, a solas, miro el puerto: en el oleaje se sospecha el aroma de tu beso, las calles tienen los nombres de tu ausencia.
Entre borrachos y muchachitas que juegan a vender sus caricias a marineros recién desembarcados, yo aspiro el olor del ron y la podredumbre del mercado. Un anciano entona canciones de Agustín Lara a cambio de unas monedas y cerveza.
¿Recuerdas esa tarde a espaldas de la catedral metropolitana? Al ver a un niño muerto de pena que intentaba cantar mientras la multitud se burlaba enternecidamente, al partirse en cien mi sosiego y querer huir, sólo atinaste a sonreír. En Mixcalco buscamos una vecindad escondida, con la seguridad de quien se sabe a lomos de lo eterno e indestructible.

LXXXV

 Hablé de ti, de tu nombre con fronteras sin aduana, de los besos que en el contrabando coloreaban los bordes azulados de la ciudad cuando el sol falta a su tarea de iluminar las calles. Ladré con hambre de entibiar tu pecho, hurgué en los henares del invierno para encontrar el fuego donde tu flama ardía para señalar la hondura de la noche, y en cada rama que cayó bajo el beso de la tormenta busqué el fruto o la hoja a salvo del resquebrajamiento.
Puse mi lengua en la punta del atardecer, volví a llamarte, toqué la flama de tu ausencia, dejé romperse cada sílaba que como un dardo acercara su punta acerada hacia el arco luminoso de tu risa.

LXXXIV

 Has vuelto a ponerte mis lentes oscuros, a darle vueltas a mi cámara fotográfica de poco menos que aficionado. Volvemos a recorrer los largos pasillos del otoño, entonces recuerdo que por admirar el balanceo de tus caderas me distraje y no vi llegar la primavera con su manto de jacarandas.
He vuelto a soñar contigo. He vuelto a ser ese que lo ignoraba todo de ti, que se conformaba con saberte ajena y desearte con la cauta certeza de que jamás habría de concretarse el encuentro. He vuelto a hurgar en los bolsillos de la nostalgia y hallado un par de monedas para apostar contra el olvido. Vuelvo a tomar tu mano a hurtadillas, a abrazar las horas vacías en que tus manos trazaron mapas sobre mi espalda en los cubículos de las bibliotecas desiertas.
Estábamos dispuestos al incendio, a la colisión cuando me encontraste en la hemeroteca rebuscando entre periódicos más viejos que nosotros y yo te hablé de tierras que desconocías, de puestos de feria inundándose bajo los aguaceros de octubre, de hombres que habiendo abandonado todo por la quimera del alcohol, tomaban el pueblo por asalto una madrugada al año para cobrar un risible botín: un plato de comida que se entregaba a los peregrinos mientras el cielo se llenaba de humo y fuegos de artificio. Dejamos entonces al deseo macerándose en los recipientes de nuestros cuerpos, y en cada terminal nerviosa, en cada falange, en la punta húmeda de cada lengua crecía como una hermosa hierba mala el deseo de tocar al otro, y éramos explosivos a la espera de una chispa que lo hiciera volar todo, del destello que nos despojara de la ropa y el pudor y nos dejara a solas en el medio de un jardín rodeado por árboles frutales dos pasos antes del invierno.

LXXXIII

Hoy, en el umbral de la madrugada, te recuerdo. Por las esquinas de esta casa te nombro, busco en el aire viciado de la primavera el olor de tu sudor. Pero estoy solo, atado a mis cadenas, y ya no ladro.

jueves, 2 de abril de 2020

LXXXII

Ahora puedo decir que me tiembla tu ausencia en la punta de los dedos; ahora que he olvidado hasta mi nombre puedo nombrar sin resquemores la ciudad donde soñé por última vez tu cuerpo desnudo. Reías bajo la lluvia de las cuatro de la tarde, y en mi lengua no cabía otro deseo que lamer la sal que corre por tu espalda.
Otra vez, como entonces, me he embriagado para adormecer a los lobos oscuros y hambrientos del deseo; otra vez, como antes, me invento un idioma de señas para ciegos, y en esa cifradura del lenguaje muerdo la fruta breve, jugosa, de tu nombre.
Soy un hombre derrotado que con gusto rasguñaría el arco de tu espalda, que como buen hijo del arrabal bebería en el cuenco de tus labios hasta la embriaguez; en tus ojos de pantera descansan gavilanes, en las huellas que dejas marcadas tras tu paso, duermen apaciguados alacranes.
En esta hora puedo decir que me venciste, que basta cerrar los ojos para imaginarte de pie, desnuda como una Venus morena que surge entre los acantilados del mar de mi deseo.
Falto a mi palabra de no volver a mencionarte: sí, te he vestido con incontables nombres, manantial de llamas, te he desnudado con siempre variables adjetivos, lúbrica cristalería del firmamento, en ti alcanzo a sospechar el espejo que devoró a Alicia y ha de reflejarme en tu mirada de sirena.
Otra vez, como entonces, he llamado a la catedral de la memoria, me arrodillo ante el cuenco salobre de este deseo inagotable, y bebo, con fruición, pero sé que no es tu cuerpo (cae un relámpago en la lejanía, las aves abandonan las copas de los árboles, mi espalda es un gato que se eriza al sospechar el filo de tu uña al acariciarme).
Recuerdo aquella tarde y la caída de gaviotas sobre el firmamento: tu pelo al viento se izó, bandera de mi corazón barco pirata. Pero he dicho poco, que he macerado el deseo, y todo lo que tengo para ofrecer no es el fruto de mi pecho, sino la punta húmeda de mi lengua.

XCII

Hay un ancla en ciudad del ámbar que me obliga a detenerme cuando paso cerca suyo. Aquí pasé largas tardes rumiando la última llamada, el ve...