miércoles, 28 de febrero de 2018
XLIII
Cuando despierto, la noche ha puesto sus manos sobre mis hombros. La distancia, ahora, se mide en años, en pieles recorridas, en la impaciente saliva recorriendo los cuerpos, en la carcajada cómplice, en cómplices de carcajada y de orgasmo. La distancia es un amasijo de historias a contrapunto, de mentiras que buscando el paralelismo edificaron un muro pleno de boquetes. La distancia, ahora, es la yuxtaposición de tierno beso y oscuro celo, el turbio entretejer de historias y fantasmas sin rostro, acechantes, a la espera del más inocente trastabillar de los pasos.
Pero esas noches carecen de frío y son pródigas en manos recorriendo otras manos, acariciando el imperfecto trazo de un cuerpo ajeno, a ciegas, a hurtadillas, casi, si la perfección fuera posible, diríamos, enamorados.
Mi lengua se posa en el centro de tu espalda. Estoy de pie sobre el territorio siempre cambiante del recuerdo, en las dunas de la memoria, un laberinto. Bajo mi lengua, el más pequeño lunar, un equívoco del azar. Eso bastaba.
XLII
Siempre recordaré tu rostro bajo la lluvia. El minúsculo lunar en el centro de tu espalda. Las noches en el corredor de una casa perdida en una calurosa serranía.
Esa madrugada, me tenías sobre el suelo; antes de besarme -yo intenté hacerlo varias veces, infructuosamente- preguntaste: ¿en verdad quieres quedarte para siempre en este lugar?
Luego me ahogué en tu saliva.
Esa madrugada, me tenías sobre el suelo; antes de besarme -yo intenté hacerlo varias veces, infructuosamente- preguntaste: ¿en verdad quieres quedarte para siempre en este lugar?
Luego me ahogué en tu saliva.
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