domingo, 6 de agosto de 2017

II


Escribo, para dejar constancia de mi paso por tu rostro, de los fulgores encendidos en el encuentro de nuestras pieles; para dejar la huella de mi sosiego herido tras tu beso, sal que mantiene el fuego en el vientre de la herida, agua que pese a la calma respira el aire de la tormenta, su oleaje y sus relámpagos.
Pongo el dedo sobre la arena, tomo el bolígrafo, la tiza, el grafito, el teclado, lo que haya a mano para iluminar tu andar de pantera en permanente celo, para darle forma a los sonidos de tu noche y de tu ocaso; en tropel vienen a buscarme los latidos desbocados del pecho, el recuerdo de las horas gastadas a tu lado, la candidez que fue lazo entre nosotros, mi carne abierta para recibir tu lengua y con ella el beso que manaba desde el fondo de tu boca. 
Escribo, inusitado, febril, pero no sé decir gran cosa más allá de la inacabada geografía de tus lunares, un par de figuras mal acabadas, el desasosiego que hizo nido en mi cabeza, el dulce espasmo de tu ira. 
Para dar fe de tu partida, para justificar la sed de otras entrañas y otros páramos, esta vida que huye precipitada entre mis manos, para decir tu nombre al viento, para sostener en la mano, moribundo pero de pie, el cirio de la soledad.

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