domingo, 6 de agosto de 2017

III

Digamos que algunas veces le pertenezco al polvo, que la tarde canta y lentas, impasibles se van hundiendo en el suelo nuevas raíces nacidas en el centro de mi sosiego. Que alguna veces entiendo del vuelo de las aves y de tu falda, que abro los ojos y el mundo me parece un cadáver que sonríe, como si su sonrisa fuera su última voluntad, su testamento; que me alejo del que fui, que no hay madero en este océano al cual aferrar todo este horror, esta desesperada ansia por llamarte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

XCII

Hay un ancla en ciudad del ámbar que me obliga a detenerme cuando paso cerca suyo. Aquí pasé largas tardes rumiando la última llamada, el ve...