Buscarte en los andenes, en el bullicio de los centros comerciales, en las interminables calles y avenidas de esta ciudad: tarea agobiante. Cerrar los ojos, diluir en el suspiro la gana de esperarte, cosa fácil. Abrir los ojos, evitar que el sobresalto lo encuentre a uno en el más mínimo detalle que te acerque, en una cabellera que dobla la esquina, que nada me sea familiar, que nada tenga tu aire, que el sosiego vuelva a posar su labio sobre mi frente; que no me parezca dable hallarte en cada convergencia de vagones, en cada cambio de ruta, en los congresos o en los museos: extenuante.
Caminar de nueva cuenta la ciudad, que cada paso dado, cada escalón conquistado sean la opresiva sospecha de tu cercanía, la angustia introduciendo sus garras por mi garganta. Este abrirse los diques de la nostalgia que me inunda los párpados.
Cuando nos alejamos, sabía que la primavera volvería como un cuchillo.
Caminar de nueva cuenta la ciudad, que cada paso dado, cada escalón conquistado sean la opresiva sospecha de tu cercanía, la angustia introduciendo sus garras por mi garganta. Este abrirse los diques de la nostalgia que me inunda los párpados.
Cuando nos alejamos, sabía que la primavera volvería como un cuchillo.
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