La culpa fue del mar. El deseo ya nos perseguía, infatigable,
apresurado. Las noches compartidas, las horas a solas, ese viaje y sus
pequeños detalles. La tormenta, las caminatas cotidianas, los inútiles
pequeños detalles, tu afición a fotografiarte en poses cursis, la breve
complicidad de los gestos. La única fotografía que guardo de tí con el mar a tus espaldas, el absurdo detalle de tus pendientes vegetales.
La culpa fue del mar. La distancia entre mi mano y tu cintura, cerrar
los ojos y fingir cansancio para mantenerse a salvo, pero anhelando la
caída en marasmo de tus labios. Caer, entonces, a escondidas, comenzar a
ocultarnos de todos. Mi despertar en una azotea para intentar ver el
amanecer como pretexto para abrazar el asombro.
Los pequeños textos
con tu letra regados por mi habitación, pidiendo, ofertando la paz,
dando vida al fuego, minúsculos detalles. Las fotografías que te tomaban
por sorpresa. El mar presente en la sal de tu cuerpo. Las tardes como
refugio para dos, la madrugada como plomo en los pies del ahogado, yo,
rumiando incertidumbre y celos.
La inacabada geografía de tus lunares, había dicho. Mi corazón de hielo, habías dicho.
Y ahora, esta medianoche acorralado por el recuerdo, lejos del mar,
fatigado de caminar bajo la garúa, helado, con un hueco en el pecho
donde hubo un témpano de hielo parecido a un corazón. Que se derritió en
un vaso de ron.
¿Recuerdas ese mar, tu larga caminata sobre la
arena,de vuelta al hotel mientras yo tropezaba sobre el concreto en
busca de alcohol para mantener a raya mis ganas de morder tus talones?
Luego, la noche siguiente, tu cintura en mi mano, cerrar los ojos,
fingir cansancio para no dejarme arrastrar hacia tus labios, perdernos
en un autobús de ruta, coger un taxi, iniciar el descenso al más hermoso
de todos los incendios.
sábado, 11 de enero de 2020
LXXX
En esas horas sin luz desanudarnos, desnudos como solíamos estar, habría
sido una locura. Bastaba un pretexto, una hora libre, la llegada de una
grisácea luminaria escolar, una caricia en falso para encaminarnos a la
tibia guarida de tu habitación o la mía, perdernos entre las arboledas y
volver unas horas más tarde sólo para volver a desvanecernos.
En esas horas de inagotable deseo el jugueteo era espuela hendida sobre nuestro costillar de lujuria; las horas, insuficientes se escapaban entre el sudor y el desorden de las sábanas. Muchas veces, frente al mar, bajo la tormenta, me he preguntado si deseabas mi humanidad o la inasible personalidad de mis otras voces, las otras que te seducían mejor en el desdoblamiento, con otro acento y mayor cinismo al poseerte. Pero es tarde, y me he alejado de tus dominios, y hay una herida que palpita como un segundo corazón en mi costado, y lleva tu nombre.
En esas horas de inagotable deseo el jugueteo era espuela hendida sobre nuestro costillar de lujuria; las horas, insuficientes se escapaban entre el sudor y el desorden de las sábanas. Muchas veces, frente al mar, bajo la tormenta, me he preguntado si deseabas mi humanidad o la inasible personalidad de mis otras voces, las otras que te seducían mejor en el desdoblamiento, con otro acento y mayor cinismo al poseerte. Pero es tarde, y me he alejado de tus dominios, y hay una herida que palpita como un segundo corazón en mi costado, y lleva tu nombre.
LXXIX
Con la sangre que me resta, cabalgo a lomos del silencio desde que me
quedé sin ti. Callado, gris y cabizbajo recorrí las calles periféricas
de incontables templos y cantinas, sin atreverme a entrar; yo, indigno
pecador en busca de consuelo, yo, indigno merecedor del alcohol y del
consuelo; mis ojos guardan los paisajes de una tierra que acaso
no vuelva a pertenecerme, y que en esos días posteriores al quiebre, a
la ruptura, acompañaron mi andar errático por las calles que en otro
tiempo sólo supieron ver el andar cansino de cosechadores de café, de
sobrevivientes de las minas de ámbar, de achispados borrachines y
engreídos alemanes, catrines perdidos en el selvático bochorno del
verano.
Algo de mí, que no sé nombrar ni señalar, recorre aún esas calles (cuando está sobrio, se duele de tu pérdida, cuando va ebrio, busca otra cantina donde escarbarle las costillas a la madrugada). Algo de mí, se abraza a la sobriedad con la desesperación con que otros hombres abrazan el embotamiento alcohólico.
Ahora que vas dejando de doler, ahora que naufrago en esta desesperada calma, que los dolores, por distintos han crecido en torno, dejo crecer al silencio como a una mala hierba.
Algo de mí, que no sé nombrar ni señalar, recorre aún esas calles (cuando está sobrio, se duele de tu pérdida, cuando va ebrio, busca otra cantina donde escarbarle las costillas a la madrugada). Algo de mí, se abraza a la sobriedad con la desesperación con que otros hombres abrazan el embotamiento alcohólico.
Ahora que vas dejando de doler, ahora que naufrago en esta desesperada calma, que los dolores, por distintos han crecido en torno, dejo crecer al silencio como a una mala hierba.
LXXVIII
Todo fue espoleado por la adrenalina. El peligro latente de ser
descubiertos anudados en el centro del jardín de la casa donde por
entonces vivías. Fue el deseo proverbial, lo que de animal retozaba en
nuestra entraña, saber que un par de colmillos y afiladas garras
acechaban desde inimaginables almenas de avaricia y celos.
Ya he abandonado los suburbios donde ardimos, corazón. Mis pocas pertenencias de esos días ya han alimentado la fétida boca de los basureros.
¿Recuerdas? Esa tarde esperabas a alguien en esa banca de la alameda, pero aparecí yo con mi tristeza a cuestas. Luego vino el jazz, se cargó de frutos el peral, alguien encendió el interruptor del enamoramiento.
Y caímos. ¿Recuerdas? Las largas caminatas sin decirnos apenas nada, consumidos por las ganas. La escritura circular que plasmabas en retazos de hojas blancas para gritar que era tu pertenencia.
Las gerberas robadas para incendiar tu bajo vientre, mi saliva para avivar el incendio.
Ya he abandonado los suburbios donde ardimos, corazón. Mis pocas pertenencias de esos días ya han alimentado la fétida boca de los basureros.
¿Recuerdas? Esa tarde esperabas a alguien en esa banca de la alameda, pero aparecí yo con mi tristeza a cuestas. Luego vino el jazz, se cargó de frutos el peral, alguien encendió el interruptor del enamoramiento.
Y caímos. ¿Recuerdas? Las largas caminatas sin decirnos apenas nada, consumidos por las ganas. La escritura circular que plasmabas en retazos de hojas blancas para gritar que era tu pertenencia.
Las gerberas robadas para incendiar tu bajo vientre, mi saliva para avivar el incendio.
LXXVII
Me he quedado debajo de la tormenta, empuñando mi soledad. Esta noche
has vuelto, y contigo traías la palabra que me deja indefenso, con el
temblor a flor de piel. Vuelvo a beber el agua amarga del desasosiego,
vuelvo a anhelar tu piel sobre mi piel bajo la lluvia.
Ahora mismo vuelven a ladrar los perros salvajes del deseo, vuelvo a sentir en mi entraña la rasgadura de los celos, y la tierna zarpa del amor haciendo jirones la calma recién alcanzada. No hay distancia que valga: basta un mensaje tuyo, un susurro apenas para erizar mi lomo, para despertar la fiera hambrienta del abandono y que lo rompa todo alrededor.
Has vuelto esta noche y hay piras funerarias mordiendo los talones de la oscuridad. Cierro los ojos, vuelvo a verte al pie de la llovizna, escucho rugir la ríada mientras baja por la montaña, el crujir de algún árbol arrancado de raíz, arrastrado corriente abajo. Pero ya mi paisaje es distinto: aquí la niebla lo envuelve todo, el ruido sordo de los tráilers atravesando desbocados cada noche, los esporádicos disparos, el lento crecimiento de las plantas.
Ahora mismo vuelven a ladrar los perros salvajes del deseo, vuelvo a sentir en mi entraña la rasgadura de los celos, y la tierna zarpa del amor haciendo jirones la calma recién alcanzada. No hay distancia que valga: basta un mensaje tuyo, un susurro apenas para erizar mi lomo, para despertar la fiera hambrienta del abandono y que lo rompa todo alrededor.
Has vuelto esta noche y hay piras funerarias mordiendo los talones de la oscuridad. Cierro los ojos, vuelvo a verte al pie de la llovizna, escucho rugir la ríada mientras baja por la montaña, el crujir de algún árbol arrancado de raíz, arrastrado corriente abajo. Pero ya mi paisaje es distinto: aquí la niebla lo envuelve todo, el ruido sordo de los tráilers atravesando desbocados cada noche, los esporádicos disparos, el lento crecimiento de las plantas.
LXXVI
A ciegas, con los ojos porfiadamente tapiados, como quien ha tapiado
todo resquicio para evitar la llegada del olvido, te busco.
He levantado, entre el rencor y el último de los suspiros, un muro con destempladas rocas. He cultivado, entre la ausencia de tu aroma y este puñado de tristezas que no saben dónde ir, un apresurado escudo para sortear el invierno.
Y hay esta dolencia en el maxilar del deseo, este andar a tientas, enceguecido de saberte apenas, como quien atraviesa un campo minado por el azar y el descuido. Y esta desazón de no tener tu mano en mi pecho, este anudamiento de sombras para los críos de la nostalgia.
He dicho tu nombre en cada sitio al que he llegado: en la más agreste serranía, en el sediento malpaís con sus cabras desbocadas, a la orilla húmeda del mar, en las cimas donde pace el vértigo como un bisonte extraviado, y en ningún sitio hallé tu huella, la flor madura de tu beso.
He levantado, entre el rencor y el último de los suspiros, un muro con destempladas rocas. He cultivado, entre la ausencia de tu aroma y este puñado de tristezas que no saben dónde ir, un apresurado escudo para sortear el invierno.
Y hay esta dolencia en el maxilar del deseo, este andar a tientas, enceguecido de saberte apenas, como quien atraviesa un campo minado por el azar y el descuido. Y esta desazón de no tener tu mano en mi pecho, este anudamiento de sombras para los críos de la nostalgia.
He dicho tu nombre en cada sitio al que he llegado: en la más agreste serranía, en el sediento malpaís con sus cabras desbocadas, a la orilla húmeda del mar, en las cimas donde pace el vértigo como un bisonte extraviado, y en ningún sitio hallé tu huella, la flor madura de tu beso.
LXXV
Ahora, gris es la distancia. Sé, por los zarpazos de la nostalgia, por
este hueco en el abrazo, que coincidimos. Que incendiamos, cómplices,
embriagados de mutuas ganas, cada habitación donde nos sorprendió el
silencio.
Ahora, la herida es sediento manantial en la canícula. He vuelto a mascullar, frente al hosco silencio de la madrugada, las dos sílabas de tu nombre. En la memoria del ojo vuelves a aparecer, pantera, frente al mar sin nubes, ofrecimiento, fruto maduro en la rama de un árbol que, ingenuos, febriles, quisimos llamar amor y no fue sino un reflejo animal del hambre; vuelvo a fotografiar tu silueta al pie de una escultura apenas iluminada por las luminarias públicas, envuelta en el salitre y el ruido portentoso de la marea en ascenso. Pero ya no hay golfo que valga para reunir nuestras carnes, y aunque terca, se debilita la memoria, su prolongado abrazo, y con él, el recuerdo del tuyo se desvanece.
Aquella tarde, frente a aquel teatro, mientras escribía una carta breve cargada de hondas promesas, habría podido adivinar, entre la estampida, tu taconeo de cervatilla en celo, habría encontrado el rastro de tu aroma a cacao en la más pavorosa de las multitudes. No habría supuesto ningún reto adivinar, a ciegas, de qué labios pendía una hebra de mi sangre.
Pero he perdido tu nombre en alguna caída por la selva y me hago viejo, pule en mi carne sus diamantes el olvido.
Ahora, la herida es sediento manantial en la canícula. He vuelto a mascullar, frente al hosco silencio de la madrugada, las dos sílabas de tu nombre. En la memoria del ojo vuelves a aparecer, pantera, frente al mar sin nubes, ofrecimiento, fruto maduro en la rama de un árbol que, ingenuos, febriles, quisimos llamar amor y no fue sino un reflejo animal del hambre; vuelvo a fotografiar tu silueta al pie de una escultura apenas iluminada por las luminarias públicas, envuelta en el salitre y el ruido portentoso de la marea en ascenso. Pero ya no hay golfo que valga para reunir nuestras carnes, y aunque terca, se debilita la memoria, su prolongado abrazo, y con él, el recuerdo del tuyo se desvanece.
Aquella tarde, frente a aquel teatro, mientras escribía una carta breve cargada de hondas promesas, habría podido adivinar, entre la estampida, tu taconeo de cervatilla en celo, habría encontrado el rastro de tu aroma a cacao en la más pavorosa de las multitudes. No habría supuesto ningún reto adivinar, a ciegas, de qué labios pendía una hebra de mi sangre.
Pero he perdido tu nombre en alguna caída por la selva y me hago viejo, pule en mi carne sus diamantes el olvido.
LXXIV
Poco hay para decir. Que el fuego consumió la casa, que mi mano sostiene
para resguardarla la ceniza, que el viento sopla, paciente, despiadado,
como el lobo ante las endebles casas de los cerditos.
Poco queda para compartir tras la distancia: un par de fotografías, el recuerdo de tu habitación a oscuras, la llegada del alba, tu larga cabellera.
Como siempre, he dicho poco, he tratado de asir inútilmente, de nueva cuenta, tu mano. Y era el polvo.
Poco queda para compartir tras la distancia: un par de fotografías, el recuerdo de tu habitación a oscuras, la llegada del alba, tu larga cabellera.
Como siempre, he dicho poco, he tratado de asir inútilmente, de nueva cuenta, tu mano. Y era el polvo.
LXXIII
Urdía intrincadas trampas para despertar el lobo hambriento de tu deseo,
noche a noche. Bajo la lluvia, al cruzar los puentes, miraba el
horizonte para imaginar tu cuerpo. No hubo pasillo que ignorara la
resonancia de tus tacones, ni flor que no envidiara, oscura,
enardecidamente, el aroma de tus labios.
Ahora que he naufragado, que el arco luminoso de tu risa embruja desconocidas latitudes, busco un jardín que se asemeje a tu escritura circular.
Volver a aquellas tardes. ¿Recuerdas? Estaba a tres filas de distancia en el teatro, pero no hubo fuerza capaz de sofocar el incendio entre nosotros.
Ahora que he naufragado, que el arco luminoso de tu risa embruja desconocidas latitudes, busco un jardín que se asemeje a tu escritura circular.
Volver a aquellas tardes. ¿Recuerdas? Estaba a tres filas de distancia en el teatro, pero no hubo fuerza capaz de sofocar el incendio entre nosotros.
LXXII
Esa tarde, la biblioteca central fue consumida por las llamas.
En tu boca nacía la flama primigenia que en mi cuerpo halló su sorprendido combustible.
En tu boca nacía la flama primigenia que en mi cuerpo halló su sorprendido combustible.
LXXI
¿También yo caí, entonces, en el sórdido artificio, en el embrujo social
de la pasión a perpetuidad, de la atadura sin ambajes, y hasta la
derrota, la espina incrustada en el otro, al tiempo que era uno mismo
asaeteado sin piedad, mientras el mundo se derrumba inmisericorde?
LXX
Todo lo que he hecho ha sido hablar de ti. Lenta, cansinamente. Con la
oscura parsimonia de quien avanza hacia el destierro o el cadalso.
No conozco otro verbo que tu nombre conjugado en mi saliva, punzando cada centímetro cuadrado de epidermis, recorriendo mi sangre como un veneno delicado.
Obstinado, brutalmente empecinado, me resisto a pronunciar otra palabra que se aleje de tu orilla, carne en que se ahogó mi juventud apenas comenzada.
No conozco otro verbo que tu nombre conjugado en mi saliva, punzando cada centímetro cuadrado de epidermis, recorriendo mi sangre como un veneno delicado.
Obstinado, brutalmente empecinado, me resisto a pronunciar otra palabra que se aleje de tu orilla, carne en que se ahogó mi juventud apenas comenzada.
LXIX
A cada lametazo del dolor, a cada espasmo de angustiosa soledad tras tu
partida, rompí un espejo. A cada latigazo de los celos sobre mi espalda
se abrió mi carne como una flor nacida en la congoja. Para que nada me
atara a ti, rompí, iluso, cada carta que ardiendo nació en tus manos y
ardiente se consumió en mis ojos.
Y luego, cuando todo ello demostró su futilidad, cuando supe, muerto de sobriedad, que no habría olvido, quise huir y partí a buscar nuevos paisajes, nuevas formas de nombrar la vastedad o la reclusión. Nixtal-Ukum, Simojovel, Iktxantun, San Cristóbal de las Casas, San Luis Acatlán, Santa Cruz del Rincón, Marquelia, Ahuacotzingo, Huecorio, Ihuatzio, Santa Fe de la Laguna, Tzintzuntzan, son algunos de los nombres que retrataron mi desesperada, ilusa huída. Porque trataba de escapar a tu recuerdo, de perder todas las fotografías hurtadas a los días, de disolverme, y no lo he conseguido.
Y luego, cuando todo ello demostró su futilidad, cuando supe, muerto de sobriedad, que no habría olvido, quise huir y partí a buscar nuevos paisajes, nuevas formas de nombrar la vastedad o la reclusión. Nixtal-Ukum, Simojovel, Iktxantun, San Cristóbal de las Casas, San Luis Acatlán, Santa Cruz del Rincón, Marquelia, Ahuacotzingo, Huecorio, Ihuatzio, Santa Fe de la Laguna, Tzintzuntzan, son algunos de los nombres que retrataron mi desesperada, ilusa huída. Porque trataba de escapar a tu recuerdo, de perder todas las fotografías hurtadas a los días, de disolverme, y no lo he conseguido.
LXVIII
Entro a la casa y es hora de cerrarlo todo, de guardar las fotografías
donde el recuerdo asoma el rostro, de beber por fin el vino amargo de la
desesperanza, de arrojar los ojos como cadáveres atados a bloques de
concreto al fondo del lago del sueño, asirse con fuerza para alcanzar el
alba.
Ahora que estoy solo y ahogo el grito que contiene tu nombre y todos los adjetivos con que mi frialdad supo adornarte, sé que es hora de apagar los fuegos fatuos, de encerrar al potro desbocado del deseo, aunque relinche y bufe y dé coces contra las paredes blancas del insomnio; es hora de aceptar la derrota y la tormenta, de saber que estoy terrible, tristemente a salvo, que no hay relámpago que pueda incendiar mi pecho, que ya he naufragado, y tú eres el último relámpago que iluminó la noche que recorro a solas.
Ahora que estoy solo y ahogo el grito que contiene tu nombre y todos los adjetivos con que mi frialdad supo adornarte, sé que es hora de apagar los fuegos fatuos, de encerrar al potro desbocado del deseo, aunque relinche y bufe y dé coces contra las paredes blancas del insomnio; es hora de aceptar la derrota y la tormenta, de saber que estoy terrible, tristemente a salvo, que no hay relámpago que pueda incendiar mi pecho, que ya he naufragado, y tú eres el último relámpago que iluminó la noche que recorro a solas.
LXVII
Aquella noche, el laberinto comenzaba en la arena, se bifurcaba hacia el mar o hacia el asfalto.
En su centro, el minotauro del deseo esperaba para devorarnos. Pero tendía sus trampas con envidiable parsimonia, con la misma calma y el recelo, nos acercábamos a su fauce. Descubrimos a un monstruo sigiloso y meticuloso, que nos engulló con tranquilidad, no con la brutalidad que nos había sido descrita apenas salir de nuestra isla. Ningún terror se hizo presente en el encuentro, me aventuro a decir que fue placentero y embriagador.
Lo terrible fue su compasión, que nos liberase sin aviso.
En su centro, el minotauro del deseo esperaba para devorarnos. Pero tendía sus trampas con envidiable parsimonia, con la misma calma y el recelo, nos acercábamos a su fauce. Descubrimos a un monstruo sigiloso y meticuloso, que nos engulló con tranquilidad, no con la brutalidad que nos había sido descrita apenas salir de nuestra isla. Ningún terror se hizo presente en el encuentro, me aventuro a decir que fue placentero y embriagador.
Lo terrible fue su compasión, que nos liberase sin aviso.
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XCII
Hay un ancla en ciudad del ámbar que me obliga a detenerme cuando paso cerca suyo. Aquí pasé largas tardes rumiando la última llamada, el ve...