Aquella noche, el laberinto comenzaba en la arena, se bifurcaba hacia el mar o hacia el asfalto.
En su centro, el minotauro del deseo esperaba para devorarnos. Pero
tendía sus trampas con envidiable parsimonia, con la misma calma y el
recelo, nos acercábamos a su fauce. Descubrimos a un monstruo sigiloso y
meticuloso, que nos engulló con tranquilidad, no con la brutalidad que
nos había sido descrita apenas salir de nuestra isla. Ningún terror se
hizo presente en el encuentro, me aventuro a decir que fue placentero y
embriagador.
Lo terrible fue su compasión, que nos liberase sin aviso.
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