sábado, 11 de enero de 2020

LXVII

Aquella noche, el laberinto comenzaba en la arena, se bifurcaba hacia el mar o hacia el asfalto.
En su centro, el minotauro del deseo esperaba para devorarnos. Pero tendía sus trampas con envidiable parsimonia, con la misma calma y el recelo, nos acercábamos a su fauce. Descubrimos a un monstruo sigiloso y meticuloso, que nos engulló con tranquilidad, no con la brutalidad que nos había sido descrita apenas salir de nuestra isla. Ningún terror se hizo presente en el encuentro, me aventuro a decir que fue placentero y embriagador.
Lo terrible fue su compasión, que nos liberase sin aviso.

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