Entro a la casa y es hora de cerrarlo todo, de guardar las fotografías
donde el recuerdo asoma el rostro, de beber por fin el vino amargo de la
desesperanza, de arrojar los ojos como cadáveres atados a bloques de
concreto al fondo del lago del sueño, asirse con fuerza para alcanzar el
alba.
Ahora que estoy solo y ahogo el grito que contiene
tu nombre y todos los adjetivos con que mi frialdad supo adornarte, sé
que es hora de apagar los fuegos fatuos, de encerrar al potro desbocado
del deseo, aunque relinche y bufe y dé coces contra las paredes blancas
del insomnio; es hora de aceptar la derrota y la tormenta, de saber que
estoy terrible, tristemente a salvo, que no hay relámpago que pueda
incendiar mi pecho, que ya he naufragado, y tú eres el último relámpago
que iluminó la noche que recorro a solas.
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