sábado, 11 de enero de 2020

LXVIII

Entro a la casa y es hora de cerrarlo todo, de guardar las fotografías donde el recuerdo asoma el rostro, de beber por fin el vino amargo de la desesperanza, de arrojar los ojos como cadáveres atados a bloques de concreto al fondo del lago del sueño, asirse con fuerza para alcanzar el alba.
Ahora que estoy solo y ahogo el grito que contiene tu nombre y todos los adjetivos con que mi frialdad supo adornarte, sé que es hora de apagar los fuegos fatuos, de encerrar al potro desbocado del deseo, aunque relinche y bufe y dé coces contra las paredes blancas del insomnio; es hora de aceptar la derrota y la tormenta, de saber que estoy terrible, tristemente a salvo, que no hay relámpago que pueda incendiar mi pecho, que ya he naufragado, y tú eres el último relámpago que iluminó la noche que recorro a solas.

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