sábado, 18 de mayo de 2019

LXVI

Releo esas líneas; salgo a la calle, vuelvo, releo; antes de dormir, repaso el párrafo que brota desde tu silencio, al despertar, lo primero que busco es volcar los ojos sobre tus palabras.
Ignoro el destinatario, y sin embargo anhelo en lo profundo, ser yo. Nunca veré mayor y más descarnada declaración de cariño, nunca vieron mis ojos tal modo de abrir el pecho para anunciar el querer. No lo volverán a ver, tan intenso.
Y quién querría, quién necesitaría las oraciones que durante siglos hombres y mujeres han repetido hasta hacerles perder todo sentido, teniendo para sí lo que con tanta contundencia y tanto amor has dicho?

LXV

Ese día, en ese caserío serrano donde apenas había una línea telefónica que funcionaba un día sí y seis no, tras terminar la llamada pensé que la felicidad se podía tocar con las yemas de los dedos; me lo dije con la convicción del que ofrenda su carne a los salvajes para hacerlos salvos.
No sabía, no podía saber que un par de semanas más tarde estaría al pie de un puente peatonal con la carga de la verdad sobre los hombros, preguntándome si podría sobrevivir, llegar al fin de ese año fatídico que fue dos mil diez.
Y pese a todo el dolor de ese momento, respiro, me hago viejo, he vuelto a danzar entre las fieras.

XCII

Hay un ancla en ciudad del ámbar que me obliga a detenerme cuando paso cerca suyo. Aquí pasé largas tardes rumiando la última llamada, el ve...