sábado, 18 de mayo de 2019

LXV

Ese día, en ese caserío serrano donde apenas había una línea telefónica que funcionaba un día sí y seis no, tras terminar la llamada pensé que la felicidad se podía tocar con las yemas de los dedos; me lo dije con la convicción del que ofrenda su carne a los salvajes para hacerlos salvos.
No sabía, no podía saber que un par de semanas más tarde estaría al pie de un puente peatonal con la carga de la verdad sobre los hombros, preguntándome si podría sobrevivir, llegar al fin de ese año fatídico que fue dos mil diez.
Y pese a todo el dolor de ese momento, respiro, me hago viejo, he vuelto a danzar entre las fieras.

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