Ese día, en ese caserío serrano donde apenas había una línea telefónica
que funcionaba un día sí y seis no, tras terminar la llamada pensé que
la felicidad se podía tocar con las yemas de los dedos; me lo dije con
la convicción del que ofrenda su carne a los salvajes para hacerlos
salvos.
No sabía, no podía saber que un par de semanas más tarde
estaría al pie de un puente peatonal con la carga de la verdad sobre los
hombros, preguntándome si podría sobrevivir, llegar al fin de ese año
fatídico que fue dos mil diez.
Y pese a todo el dolor de ese momento, respiro, me hago viejo, he vuelto a danzar entre las fieras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario