sábado, 6 de abril de 2019

LXIV

Después de todo, este conjugarse las madrugadas, recorrer los páramos donde estaba seguro no hallaría sino la nada, ha tenido un solo propósito.
He fotografiado cada sitio en que se ha sorprendido mi pupila, me adentré en la vorágine de incontables cantinas, dispuesto a apostarlo todo; husmeé en los jardines y en los rincones oscuros de las ciudades, y en alguna madrugada delirante supe pronunciar nuevos nombres para el alba.
Si me puse en pie, trastabillante, para volver a sucumbir ante el polvo, si encendí el fuego a sabiendas de que encendía mi pura funeraria, si robé la flor de algún sepulcro, si al izar las velas de mi navío me lancé al peñasco, ha sido para olvidar tu rostro.
Y he fallado estrepitosamente

LXIII

Te veo venir por los pasillos, enfundada en tu vestido rojo. Un extraño pudor te rodea, da pequeños saltos en torno tuyo mientras con la mirada buscas confrontarlo, pero en vano.
En el mar, en una de sus orillas, camino solitario, con cierto enfado. Atrás quedó la joven horda en el baile, yo salí a buscar una cerveza, desencantado de las luces y la lubricidad de los cuerpos. Camino a ratos sobre la arena, a ratos sobre el concreto.
Umbrales ambos del desastre.

LXII

Alguien derribará los parques donde nos encontramos. Los pasillos donde la oscuridad nos amparó. Las noches que no alcanzaron para compartir el sudor, el jadeante deseo por la otra piel.
Un día el breve universo donde se mezclaron nuestras salivas amaneció con tu partida.

LXI

Te veo llegar, chamarra negra, sonrisa radiante. El paisaje es de otro tiempo, un reducto del pasado donde la memoria ejerce su tiranía. Te quedas a dormir, pero no sueñas. En mi recorrido onírico, todo está cubierto por una niebla espesa.
Vuelvo a enredar mis falanges en tu mano, vuelve a cernirse sobre ti la ciudad y su concreto decadente, en perpetua danza hacia el vacío.
Charlamos de nada, tú miras por la ventana que lleva al patio que termina en una calle llamada Álvarez, yo estoy absorto ante la imposible pintura azul que recubre las paredes de la sala.
Son las dos de la mañana, por las ventanas abiertas silba el viento. En mi brazo está la sensación ausente de tu abrazo.

LX

Creo que tu rostro se irá difuminando con los días, creo que ese de entonces, es una aparición que aún te invoca, pero también se desvanece poco a poco: tal vez he envejecido, tal vez uno se acerca a las habitaciones del olvido y en los pasillos se caen del pantalón, o la mochila, los recuerdos, las voces, el sonrojo del orgasmo, los valores exactos de la ecuación que pudiera graficar tu sonrisa. Algo se me ha roto esta mañana, algo se ha venido llenando de grietas y resquebrajamientos, el apasionamiento que me incendió al pronunciar tu nombre, al evocarlo; ese apetito desbocado por tu cuerpo que, rimbombante, pretenciosamente quisimos llamar amor.
Ahora podríamos enumerar cada momento, la sala casi a oscuras donde tomábamos clases de literatura, esos primeros días de vuelta, tu escritura concéntrica declarando tu propiedad sobre mi espasmo, en un trozo de papel que pasó de mano en mano, (nunca supiste que en ese trozo de papel arrancado a tu libreta se fincó la más impactante belleza para mis ojos y para mi pecho, pero ahora la he perdido). Recordemos, entonces el jardín que atravesé más de una noche, a hurtadillas, para emprender siempre una implacable aunque deleitosa búsqueda -yo, pupilo iluminador de mapas escolares, venido a más, asumido en papel de cartógrafo-, para conformar de una vez y para siempre, el inacabado mapa de tus lunares.
Me creerías si te dijera que desconozco los nombres de las flores que habitaban ese jardín, del que después, como si del paraíso se tratara, fuimos expulsados por una casera iracunda, para huir al paradisíaco tercer piso, último, a una cuadra de distancia?

LIX

¿Recuerdas mis lentes oscuros madeintaiwan, mi chamarra de mezclilla deslavada y viejísima, la inseparable cámara fotográfica de siete megapíxeles que después extravié en un viaje de vuelta y resaca, ya sin ti, en un estado famoso por su lago pleno de turistas obsesionados por las aglomeraciones? En aquellas tardes, tirados sobre el pasto mirábamos pasar las horas y las aves migratorias. Aún lo ignoraba todo de otras latitudes, pero me esmeraba contando historias para tu oído, por obtener el premio de tu beso.
Ese fue el único concierto al que asistimos juntos: jazz ejecutado por desconocidos después de visitar una improvisada galería donde exponían una fotografía tomada por mí que después se quedó contigo.
Para cualquiera, éramos dos desconocidos tomados de la mano al fresco de la noche mientras nos dejábamos ensoñar por la música y por los efluvios del deseo, última fila.
¿Recuerdas la música que llenó ese rincón del mundo?

LVIII

Rompí los muros del silencio con tu nombre. Descarné espejos en la madrugada; ebrio, animalecido, supe incendiar la distancia para volver a nombrarte.
Para probar, una vez más, tus labios, me dediqué a escribir tu nombre en la resaca de las olas.

LVII

Volví, innumerables ocasiones, a recorrer las calles donde tu ausencia dejó su huella. Soñaba, imaginaba mis pasos buscándote, persiguiendo el aroma de cacao de tus labios.
Luego abría los ojos, encontraba frente a mi la selva, el olor dulzón de naranjas pudriéndose al sol, la pulpa del café al fermentarse. Nada había que insinuara la cercanía de ciudades, y eso me permitía respirar hasta que volviera la temida y ansiada pesadilla. En ella, tú me encontrabas en un parque y volvías a besar mis párpados. Luego todo se desvanecía.
Volvía a recorrer la sierra, a abrazar sus paisajes que se clavaban en mi pecho como hermosas esquirlas verdes y azules. La granada de fragmentación del paisaje. Bebía café con los compañeros, nunca les hablé de ti.

LVI

Necesité bregar las aguas de la noche, asir con pinzas como garras el cuerpo desvencijado de la calma, mientras caía por una boca oscura, silenciosa. Elegí por encima de todo, el naufragio, la fractura en el talón aquíleo, la herida supurante, orgulloso trofeo de una guerra absurda (¿habrá alguna que escape a ese adjetivo?) por la permanencia en tu lecho que en una tarde sin lluvia se nos ocurrió llamar amor, tomados por fin de las manos frente al mundo.
Mar adentro en la desidia, hablé de ti, mientras me desangraba; te dí virtudes y defectos en medio del delirio: grité tu nombre hasta la agonía, y luego, al borde del desmayo, te dí forma y nombre, y el hálito de vida necesario, y me levanté creador de mi paraíso y mi cadalso, absurdo ser peleando a dentelladas con el miedo.

LV

Tiemblo. El cuerpo se me hace nudo, roto cristal. Estoy en el mismo sitio donde después de recorrer un laberinto de pasillos bulliciosos, sólo tomando mi mano, sin decir palabra (la silente burbuja para dos soledades a punto de colisionar), alcancé a abrazarte.
Desconocíamos el puerto, nos desconocíamos. Pero el último bosque en calma había empollado secretamente su incendio en nuestros pechos.
Aún ahora, que la cicatriz pone cara amable, evito los primeros asientos en el transporte público, las primeras noches a la orilla del mar. Pero sigo buscando una ciudad donde nada me traiga tu recuerdo cabalgando como un guerrero determinado a vencer o ser vencido.

LIV

Frente al espejo, tu cuerpo desnudándose. Detrás de ti, mi deseo desanudándose.
Tembloroso, acudí al primer acto de amor de mi vida. Incineré, sin que lo supieras, mi inocencia en el volcán de tu cuerpo.
¿Habría sucedido de otro modo, en otra hora?

LIII

¿Recuerdas? Tenía una chamarra de mezclilla viejísima que no me salvaba como tú del frío en los días de lluvia, o en el invierno. Llevaba una cámara digital a todas partes, ansioso por detener con un flashazo el tiempo, por alargar mi estadía en tus brazos. Cada fotografía que tomo es una marca indeleble de las horas a tu lado, había dicho. ¿Recuerdas el palpitante jardín que había que cruzar para llegar a tu habitación, desnudarte y abrevar del palpitante jardín de tu entrepierna, recuerdas?
El mundo desapareció tras tu beso. No había ya nada, salvo la unión ansiosa, trémula, de unos labios recién llegados al apasionamiento. ¿Recuerdas? En ciudad universitaria perdí mis llaves en el césped y pasamos más tiempo redescubriéndonos que buscando.
Otro desfile, otra celebración de la muerte, desde el púlpito festivo de la vida, en la ex hacienda de Tzapinco, tomé bastantes fotografías, recuerdo que esa noche llevaba la chamarra vieja que siempre despertaba sospechas en la policía, cuando caminaba de noche, tratando de ahuyentar mis ganas de tu cuerpo, bañado en celos. Tomé bastantes fotografías, y más de un beso estalló entre nosotros. Recuerdo tu mano asida a la mía, pero ninguna fotografía nos muestra juntos. Entre calaveras y danzantes, la noche dispersa a sus hijos y nosotros nos quedamos en una banca a mirar el horizonte en los ojos del otro, que no nos pertenece, y sin embargo, llamamos nuestro.
¿Recuerdas? Llevabas tus converse, unos bluejeans ajustados, una chamarra de mezclilla desgastada, aunque no como la mía, y una blusa rosa que cubría el más grande de tus lunares.
Esa noche, ¿recuerdas?
Hoy me acabo de dar cuenta que en ese desfile siempre hay una pareja de estudiantes que se prestan a representar a Diego y Frida. En esa foto tú estás en medio de la pareja que ese año aceptó hacer la comparsa.

LII

¿Cuántas veces he de nombrarte, en cuántas lenguas he de escaldar mi lengua para conjurarte?
Como un vocablo que perdiera su significado a fuerza de repetirlo.
Pero eres el primer incendio en el firmamento, la primera y última cicatriz del duelo.

LI

No distingo sueño, delirio, noche o deseo. Pero apareces, en los rincones más insospechados de la aurora, en el ángulo más cercano del horizonte. Vuelvo a tu casa, con la extranjería a cuestas. Vuelvo a preguntar por tu padre a la entrada, a bajar el rostro cuando pasas nuevamente por vez primera ante mis ojos.
En el sueño que se parece al delirio y al deseo mi equipaje es arrastrado por un río que crece bajo la tormenta. Soy el ahogado más simple del mundo. Soy, en tu cintura, todo lo contrario a estar perdido, pero sé que tampoco estoy a salvo.
En el delirio que se parece al deseo del sueño, una montaña se desgaja con silencioso estruendo. Sé que debo huir de ese fulgor de tierra, evitar la fauce abierta del suelo bajo mis pies. Acurrucado en la humedad de tu boca, recuerdo los huracanes que arrasaron con mi infancia, y el té de níspero que la abuela preparaba para ahuyentar las pesadillas.

L

Para perpetuar tu recuerdo, para salvar tu nombre del desierto, me hundí en un marasmo de días sin fecha, de horizontes verdes y lluvias torrenciales que traían consigo peligrosas serpientes, inmunes a cualesquier conjuro o acero, únicamente indefensas ante la mirada apacible de una mujer encinta. Sólo entonces, su letal presencia era una flor delicada. Sólo entonces, un machete alcanzaba a surcar el aire y el miedo para cercenar la carne embelesada del crótalo.
Ahora, llueve incesantemente. En la calle, en mi sosiego. Todo lo muerde la humedad.
Ahora, en este rincón del siglo, recuerdo que jamás bailamos juntos.

XLIX

A medias divertido, a medias angustiado, te sigo por la alameda. En medio de los campos madura mi tristeza. Ya hemos agotado los recursos de la palabra, pero nos queda el sudoroso diálogo de nuestros cuerpos. Ambos escapamos, ninguno muestra sus razones.
Azorado, cada noche salgo a recorrer las calles. Trepo a los tanques de agua para verte llegar más pronto. Para adelantarme al alba. Agoto la pequeña ciudad, carcomido de celos. Si pudiera quedarme a oscuras, desnudo frente a ti. Si pudieras hallarme en esta oscuridad, desnuda.
Un espejo se desvanece. Llueve otra vez. En un invernadero de suculentas, muestra por fin su flor la jacaranda.

XLVIII

Hay un olor a cigarrillos impregnado en la memoria. Un ruido de hojas secas al resquebrajarse. La coloración naranja de los días en que se festeja a la muerte. A donde quiera que vaya, soy un muñón que sangra, necio, a todas horas.
Alguien me obsequió, hace unas tardes, algunas peras. Morderlas ha sido volver a ese viejo patio, a la insistencia de la anciana que me rentaba la habitación por que leyéramos sus folletos sobre cristianismo que para siempre quedaron bajo el polvo de la cama, pero en el fondo -aunque no quisiera leer ni aceptarlo-, sabía que, tal como lo anunciaba la publicación semanal de la Atalaya, el fin de las cosas cernía su terror sobre nosotros.

XLVII

¿Sabes que no volví a subirme al asiento trasero de un taxi, que sólo leo cuentos cuando estoy alejado del mar?
Anoche me creció la nostalgia como una enredadera. Enroscó sus ramas a mis pies descalzos, por mi torso desnudo. Antes de cubrir mi cabeza, me susurró al oído, con tu voz, mi nombre.

XLVI

Se me conjugaron los recuerdos; la primera vez que salí a respirar el aire de Huatusco, una mañana húmeda que traía consigo un vientecillo fresco, el desayuno frugal, la larga caminata por el campo experimental.
Años después, sin esperarlo, volví. Ya habían pasado las horas de placer y zozobra a tu lado, ya habían cicatrizado las heridas, pero un monstruo en el pecho permanecía sangrando.
La primera noche que pasamos en esta comunidad la lluvia era torrencial y pasamos buena parte de ella tratando de salvar el equipaje de la inundación. En alguna vereda que llevaba a los campos de cacahuate tomé tu mano y una incandescencia que quisimos ignorar comenzó a brotar entre tu sonrisa y mi impaciencia amarga. Quisimos mantenernos a salvo, llamar a casa. Pero no había modo: el subdesarrollo de las telecomunicaciones quemó nuestras naves. Y aún tratamos de evitarlo todo. Buscamos la sana distancia, la querella. Y cuando nos dábamos vuelta, ahí estábamos de nuevo, absortos en el flirt, buscando alejarnos de todos excepto uno del otro.
Cándidos inventando juegos que nos acercaran. Cándido obsequiándote un par de aretes silvestres. Aún conservo esa fotografía: sonríes, pelo negro, el mar de fondo, tus aretes de cacahuate oscilan entre tus hombros y tus orejas.
Mi compañero estaciona el auto, me espabilo y enseguida reconozco el paisaje. Recuerdo la tormenta, la hamaca donde te fotografié, el arroyo, otros detalles. Compramos botana y refrescos, seguimos el viaje. Pero algo en mí vuelve a palpitar. Ya no duermo, no digo nada, sólo mastico, semillas y la amarga raíz de tu recuerdo.
En el puerto comenzamos a fraguar el hermoso desastre que me llevó en parte a emprender un largo viaje. Un viaje que me trajo de vuelta al lugar donde empecé a tejer la más presente de mis cicatrices.

XLV

He soñado tu casa, el ladrido de tu perro. Ya no llovía, pero mi espíritu continuaba empapado. Ya era alta y densa la noche, pero una luz dibujaba su haz en mi rostro.
Soñé tu voz haciendo piruetas sobre el aire para llegar a mis oìdos, nombrándome

XLIV

Ese día, bastante ebrios ya, hablamos de los frutos de la tierra. Abrías la boca y entre las comisuras de tus labios escurría el jugo del primer cítrico que hechizó tu paladar. Repetías el gesto, y un aroma de fruta madura empapaba tu aliento. Cuando te besé, por fin, el mundo era un jardín donde crecían, pródigos, árboles frutales que mi lengua no alcanza a nombrar. El mundo era la habitación que compartimos, el paisaje que desbordaba los ojos, la mano entrelazada, las incontables pecas en tu espalda.

XCII

Hay un ancla en ciudad del ámbar que me obliga a detenerme cuando paso cerca suyo. Aquí pasé largas tardes rumiando la última llamada, el ve...