Hay un olor a cigarrillos impregnado en la memoria. Un ruido de hojas
secas al resquebrajarse. La coloración naranja de los días en que se
festeja a la muerte. A donde quiera que vaya, soy un muñón que sangra,
necio, a todas horas.
Alguien me obsequió, hace unas tardes, algunas peras. Morderlas ha sido volver a ese viejo patio, a la insistencia
de la anciana que me rentaba la habitación por que leyéramos sus
folletos sobre cristianismo que para siempre quedaron bajo el polvo de
la cama, pero en el fondo -aunque no quisiera leer ni aceptarlo-, sabía
que, tal como lo anunciaba la publicación semanal de la Atalaya, el fin
de las cosas cernía su terror sobre nosotros.
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