sábado, 6 de abril de 2019

XLVIII

Hay un olor a cigarrillos impregnado en la memoria. Un ruido de hojas secas al resquebrajarse. La coloración naranja de los días en que se festeja a la muerte. A donde quiera que vaya, soy un muñón que sangra, necio, a todas horas.
Alguien me obsequió, hace unas tardes, algunas peras. Morderlas ha sido volver a ese viejo patio, a la insistencia de la anciana que me rentaba la habitación por que leyéramos sus folletos sobre cristianismo que para siempre quedaron bajo el polvo de la cama, pero en el fondo -aunque no quisiera leer ni aceptarlo-, sabía que, tal como lo anunciaba la publicación semanal de la Atalaya, el fin de las cosas cernía su terror sobre nosotros.

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