sábado, 6 de abril de 2019
XLIV
Ese día, bastante ebrios ya, hablamos de los frutos de la tierra. Abrías
la boca y entre las comisuras de tus labios escurría el jugo del primer
cítrico que hechizó tu paladar. Repetías el gesto, y un aroma de fruta
madura empapaba tu aliento. Cuando te besé, por fin, el mundo era un
jardín donde crecían, pródigos, árboles frutales que mi lengua no
alcanza a nombrar. El mundo era la habitación que compartimos, el
paisaje que desbordaba los ojos, la mano entrelazada, las incontables
pecas en tu espalda.
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