Necesité bregar las aguas de la noche, asir con pinzas como garras el
cuerpo desvencijado de la calma, mientras caía por una boca oscura,
silenciosa. Elegí por encima de todo, el naufragio, la fractura en el
talón aquíleo, la herida supurante, orgulloso trofeo de una guerra
absurda (¿habrá alguna que escape a ese adjetivo?) por la permanencia en tu lecho que en una tarde sin lluvia se nos ocurrió llamar amor, tomados por fin de las manos frente al mundo.
Mar adentro en la desidia, hablé de ti, mientras me desangraba; te dí
virtudes y defectos en medio del delirio: grité tu nombre hasta la
agonía, y luego, al borde del desmayo, te dí forma y nombre, y el hálito
de vida necesario, y me levanté creador de mi paraíso y mi cadalso,
absurdo ser peleando a dentelladas con el miedo.
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