Tiemblo. El cuerpo se me hace nudo, roto cristal. Estoy en el mismo
sitio donde después de recorrer un laberinto de pasillos bulliciosos,
sólo tomando mi mano, sin decir palabra (la silente burbuja para dos
soledades a punto de colisionar), alcancé a abrazarte.
Desconocíamos el puerto, nos desconocíamos. Pero el último bosque en calma había empollado secretamente su incendio en nuestros pechos.
Aún ahora, que la cicatriz pone cara amable, evito los primeros
asientos en el transporte público, las primeras noches a la orilla del
mar. Pero sigo buscando una ciudad donde nada me traiga tu recuerdo
cabalgando como un guerrero determinado a vencer o ser vencido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario