¿Recuerdas?
Tenía una chamarra de mezclilla viejísima que no me salvaba como tú del
frío en los días de lluvia, o en el invierno. Llevaba una cámara
digital a todas partes, ansioso por detener con un flashazo el tiempo,
por alargar mi estadía en tus brazos. Cada fotografía que tomo es una
marca indeleble de las horas a tu lado, había dicho.
¿Recuerdas el palpitante jardín que había que cruzar para llegar a tu
habitación, desnudarte y abrevar del palpitante jardín de tu
entrepierna, recuerdas?
El mundo desapareció tras tu beso. No había
ya nada, salvo la unión ansiosa, trémula, de unos labios recién
llegados al apasionamiento. ¿Recuerdas? En ciudad universitaria perdí
mis llaves en el césped y pasamos más tiempo redescubriéndonos que
buscando.
Otro desfile, otra celebración de la muerte, desde el
púlpito festivo de la vida, en la ex hacienda de Tzapinco, tomé
bastantes fotografías, recuerdo que esa noche llevaba la chamarra vieja
que siempre despertaba sospechas en la policía, cuando caminaba de
noche, tratando de ahuyentar mis ganas de tu cuerpo, bañado en celos.
Tomé bastantes fotografías, y más de un beso estalló entre nosotros.
Recuerdo tu mano asida a la mía, pero ninguna fotografía nos muestra
juntos. Entre calaveras y danzantes, la noche dispersa a sus hijos y
nosotros nos quedamos en una banca a mirar el horizonte en los ojos del
otro, que no nos pertenece, y sin embargo, llamamos nuestro.
¿Recuerdas? Llevabas tus converse, unos bluejeans ajustados, una
chamarra de mezclilla desgastada, aunque no como la mía, y una blusa
rosa que cubría el más grande de tus lunares.
Esa noche, ¿recuerdas?
Hoy me acabo de dar cuenta que en ese desfile siempre hay una pareja de
estudiantes que se prestan a representar a Diego y Frida. En esa foto
tú estás en medio de la pareja que ese año aceptó hacer la comparsa.
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