sábado, 6 de abril de 2019

LIII

¿Recuerdas? Tenía una chamarra de mezclilla viejísima que no me salvaba como tú del frío en los días de lluvia, o en el invierno. Llevaba una cámara digital a todas partes, ansioso por detener con un flashazo el tiempo, por alargar mi estadía en tus brazos. Cada fotografía que tomo es una marca indeleble de las horas a tu lado, había dicho. ¿Recuerdas el palpitante jardín que había que cruzar para llegar a tu habitación, desnudarte y abrevar del palpitante jardín de tu entrepierna, recuerdas?
El mundo desapareció tras tu beso. No había ya nada, salvo la unión ansiosa, trémula, de unos labios recién llegados al apasionamiento. ¿Recuerdas? En ciudad universitaria perdí mis llaves en el césped y pasamos más tiempo redescubriéndonos que buscando.
Otro desfile, otra celebración de la muerte, desde el púlpito festivo de la vida, en la ex hacienda de Tzapinco, tomé bastantes fotografías, recuerdo que esa noche llevaba la chamarra vieja que siempre despertaba sospechas en la policía, cuando caminaba de noche, tratando de ahuyentar mis ganas de tu cuerpo, bañado en celos. Tomé bastantes fotografías, y más de un beso estalló entre nosotros. Recuerdo tu mano asida a la mía, pero ninguna fotografía nos muestra juntos. Entre calaveras y danzantes, la noche dispersa a sus hijos y nosotros nos quedamos en una banca a mirar el horizonte en los ojos del otro, que no nos pertenece, y sin embargo, llamamos nuestro.
¿Recuerdas? Llevabas tus converse, unos bluejeans ajustados, una chamarra de mezclilla desgastada, aunque no como la mía, y una blusa rosa que cubría el más grande de tus lunares.
Esa noche, ¿recuerdas?
Hoy me acabo de dar cuenta que en ese desfile siempre hay una pareja de estudiantes que se prestan a representar a Diego y Frida. En esa foto tú estás en medio de la pareja que ese año aceptó hacer la comparsa.

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