sábado, 6 de abril de 2019

XLVI

Se me conjugaron los recuerdos; la primera vez que salí a respirar el aire de Huatusco, una mañana húmeda que traía consigo un vientecillo fresco, el desayuno frugal, la larga caminata por el campo experimental.
Años después, sin esperarlo, volví. Ya habían pasado las horas de placer y zozobra a tu lado, ya habían cicatrizado las heridas, pero un monstruo en el pecho permanecía sangrando.
La primera noche que pasamos en esta comunidad la lluvia era torrencial y pasamos buena parte de ella tratando de salvar el equipaje de la inundación. En alguna vereda que llevaba a los campos de cacahuate tomé tu mano y una incandescencia que quisimos ignorar comenzó a brotar entre tu sonrisa y mi impaciencia amarga. Quisimos mantenernos a salvo, llamar a casa. Pero no había modo: el subdesarrollo de las telecomunicaciones quemó nuestras naves. Y aún tratamos de evitarlo todo. Buscamos la sana distancia, la querella. Y cuando nos dábamos vuelta, ahí estábamos de nuevo, absortos en el flirt, buscando alejarnos de todos excepto uno del otro.
Cándidos inventando juegos que nos acercaran. Cándido obsequiándote un par de aretes silvestres. Aún conservo esa fotografía: sonríes, pelo negro, el mar de fondo, tus aretes de cacahuate oscilan entre tus hombros y tus orejas.
Mi compañero estaciona el auto, me espabilo y enseguida reconozco el paisaje. Recuerdo la tormenta, la hamaca donde te fotografié, el arroyo, otros detalles. Compramos botana y refrescos, seguimos el viaje. Pero algo en mí vuelve a palpitar. Ya no duermo, no digo nada, sólo mastico, semillas y la amarga raíz de tu recuerdo.
En el puerto comenzamos a fraguar el hermoso desastre que me llevó en parte a emprender un largo viaje. Un viaje que me trajo de vuelta al lugar donde empecé a tejer la más presente de mis cicatrices.

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