Creo que tu rostro se irá difuminando con los días, creo que ese de
entonces, es una aparición que aún te invoca, pero también se desvanece
poco a poco: tal vez he envejecido, tal vez uno se acerca a las
habitaciones del olvido y en los pasillos se caen del pantalón, o la
mochila, los recuerdos, las voces, el sonrojo del orgasmo, los valores
exactos de la ecuación que pudiera graficar tu sonrisa. Algo se me ha
roto esta mañana, algo se ha venido llenando de grietas y
resquebrajamientos, el apasionamiento que me incendió al pronunciar tu
nombre, al evocarlo; ese apetito desbocado por tu cuerpo que,
rimbombante, pretenciosamente quisimos llamar amor.
Ahora
podríamos enumerar cada momento, la sala casi a oscuras donde tomábamos
clases de literatura, esos primeros días de vuelta, tu escritura
concéntrica declarando tu propiedad sobre mi espasmo, en un trozo de
papel que pasó de mano en mano, (nunca supiste que en ese trozo de papel
arrancado a tu libreta se fincó la más impactante belleza para mis ojos
y para mi pecho, pero ahora la he perdido). Recordemos, entonces el
jardín que atravesé más de una noche, a hurtadillas, para emprender
siempre una implacable aunque deleitosa búsqueda -yo, pupilo iluminador
de mapas escolares, venido a más, asumido en papel de cartógrafo-, para
conformar de una vez y para siempre, el inacabado mapa de tus lunares.
Me creerías si te dijera que desconozco los nombres de las flores que
habitaban ese jardín, del que después, como si del paraíso se tratara,
fuimos expulsados por una casera iracunda, para huir al paradisíaco
tercer piso, último, a una cuadra de distancia?
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