sábado, 6 de abril de 2019

LX

Creo que tu rostro se irá difuminando con los días, creo que ese de entonces, es una aparición que aún te invoca, pero también se desvanece poco a poco: tal vez he envejecido, tal vez uno se acerca a las habitaciones del olvido y en los pasillos se caen del pantalón, o la mochila, los recuerdos, las voces, el sonrojo del orgasmo, los valores exactos de la ecuación que pudiera graficar tu sonrisa. Algo se me ha roto esta mañana, algo se ha venido llenando de grietas y resquebrajamientos, el apasionamiento que me incendió al pronunciar tu nombre, al evocarlo; ese apetito desbocado por tu cuerpo que, rimbombante, pretenciosamente quisimos llamar amor.
Ahora podríamos enumerar cada momento, la sala casi a oscuras donde tomábamos clases de literatura, esos primeros días de vuelta, tu escritura concéntrica declarando tu propiedad sobre mi espasmo, en un trozo de papel que pasó de mano en mano, (nunca supiste que en ese trozo de papel arrancado a tu libreta se fincó la más impactante belleza para mis ojos y para mi pecho, pero ahora la he perdido). Recordemos, entonces el jardín que atravesé más de una noche, a hurtadillas, para emprender siempre una implacable aunque deleitosa búsqueda -yo, pupilo iluminador de mapas escolares, venido a más, asumido en papel de cartógrafo-, para conformar de una vez y para siempre, el inacabado mapa de tus lunares.
Me creerías si te dijera que desconozco los nombres de las flores que habitaban ese jardín, del que después, como si del paraíso se tratara, fuimos expulsados por una casera iracunda, para huir al paradisíaco tercer piso, último, a una cuadra de distancia?

No hay comentarios:

Publicar un comentario

XCII

Hay un ancla en ciudad del ámbar que me obliga a detenerme cuando paso cerca suyo. Aquí pasé largas tardes rumiando la última llamada, el ve...