Te veo llegar, chamarra negra, sonrisa radiante. El paisaje es de otro
tiempo, un reducto del pasado donde la memoria ejerce su tiranía. Te
quedas a dormir, pero no sueñas. En mi recorrido onírico, todo está
cubierto por una niebla espesa.
Vuelvo a enredar mis falanges en tu mano, vuelve a cernirse sobre ti la ciudad y su concreto decadente, en perpetua danza hacia el vacío.
Charlamos de nada, tú miras por la ventana que lleva al patio que
termina en una calle llamada Álvarez, yo estoy absorto ante la imposible
pintura azul que recubre las paredes de la sala.
Son las dos de la mañana, por las ventanas abiertas silba el viento. En mi brazo está la sensación ausente de tu abrazo.
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