Para perpetuar tu recuerdo, para salvar tu nombre del desierto, me hundí
en un marasmo de días sin fecha, de horizontes verdes y lluvias
torrenciales que traían consigo peligrosas serpientes, inmunes a
cualesquier conjuro o acero, únicamente indefensas ante la mirada
apacible de una mujer encinta. Sólo entonces, su letal presencia era una
flor delicada. Sólo entonces, un machete alcanzaba a surcar el aire y
el miedo para cercenar la carne embelesada del crótalo.
Ahora, llueve incesantemente. En la calle, en mi sosiego. Todo lo muerde la humedad.
Ahora, en este rincón del siglo, recuerdo que jamás bailamos juntos.
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