sábado, 6 de abril de 2019

LI

No distingo sueño, delirio, noche o deseo. Pero apareces, en los rincones más insospechados de la aurora, en el ángulo más cercano del horizonte. Vuelvo a tu casa, con la extranjería a cuestas. Vuelvo a preguntar por tu padre a la entrada, a bajar el rostro cuando pasas nuevamente por vez primera ante mis ojos.
En el sueño que se parece al delirio y al deseo mi equipaje es arrastrado por un río que crece bajo la tormenta. Soy el ahogado más simple del mundo. Soy, en tu cintura, todo lo contrario a estar perdido, pero sé que tampoco estoy a salvo.
En el delirio que se parece al deseo del sueño, una montaña se desgaja con silencioso estruendo. Sé que debo huir de ese fulgor de tierra, evitar la fauce abierta del suelo bajo mis pies. Acurrucado en la humedad de tu boca, recuerdo los huracanes que arrasaron con mi infancia, y el té de níspero que la abuela preparaba para ahuyentar las pesadillas.

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