No distingo sueño, delirio, noche o deseo. Pero apareces, en los
rincones más insospechados de la aurora, en el ángulo más cercano del
horizonte. Vuelvo a tu casa, con la extranjería a cuestas. Vuelvo a
preguntar por tu padre a la entrada, a bajar el rostro cuando pasas
nuevamente por vez primera ante mis ojos.
En el sueño que se parece al
delirio y al deseo mi equipaje es arrastrado por un río que crece bajo
la tormenta. Soy el ahogado más simple del mundo. Soy, en tu cintura,
todo lo contrario a estar perdido, pero sé que tampoco estoy a salvo.
En el delirio que se parece al deseo del sueño, una montaña se desgaja
con silencioso estruendo. Sé que debo huir de ese fulgor de tierra,
evitar la fauce abierta del suelo bajo mis pies. Acurrucado en la
humedad de tu boca, recuerdo los huracanes que arrasaron con mi
infancia, y el té de níspero que la abuela preparaba para ahuyentar las
pesadillas.
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