sábado, 11 de enero de 2020

LXIX

A cada lametazo del dolor, a cada espasmo de angustiosa soledad tras tu partida, rompí un espejo. A cada latigazo de los celos sobre mi espalda se abrió mi carne como una flor nacida en la congoja. Para que nada me atara a ti, rompí, iluso, cada carta que ardiendo nació en tus manos y ardiente se consumió en mis ojos.
Y luego, cuando todo ello demostró su futilidad, cuando supe, muerto de sobriedad, que no habría olvido, quise huir y partí a buscar nuevos paisajes, nuevas formas de nombrar la vastedad o la reclusión. Nixtal-Ukum, Simojovel, Iktxantun, San Cristóbal de las Casas, San Luis Acatlán, Santa Cruz del Rincón, Marquelia, Ahuacotzingo, Huecorio, Ihuatzio, Santa Fe de la Laguna, Tzintzuntzan, son algunos de los nombres que retrataron mi desesperada, ilusa huída. Porque trataba de escapar a tu recuerdo, de perder todas las fotografías hurtadas a los días, de disolverme, y no lo he conseguido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

XCII

Hay un ancla en ciudad del ámbar que me obliga a detenerme cuando paso cerca suyo. Aquí pasé largas tardes rumiando la última llamada, el ve...