A cada lametazo del dolor, a cada espasmo de angustiosa soledad tras tu
partida, rompí un espejo. A cada latigazo de los celos sobre mi espalda
se abrió mi carne como una flor nacida en la congoja. Para que nada me
atara a ti, rompí, iluso, cada carta que ardiendo nació en tus manos y
ardiente se consumió en mis ojos.
Y luego, cuando todo
ello demostró su futilidad, cuando supe, muerto de sobriedad, que no
habría olvido, quise huir y partí a buscar nuevos paisajes, nuevas
formas de nombrar la vastedad o la reclusión. Nixtal-Ukum, Simojovel,
Iktxantun, San Cristóbal de las Casas, San Luis Acatlán, Santa Cruz del
Rincón, Marquelia, Ahuacotzingo, Huecorio, Ihuatzio, Santa Fe de la
Laguna, Tzintzuntzan, son algunos de los nombres que retrataron mi
desesperada, ilusa huída. Porque trataba de escapar a tu recuerdo, de
perder todas las fotografías hurtadas a los días, de disolverme, y no lo
he conseguido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario