La culpa fue del mar. El deseo ya nos perseguía, infatigable,
apresurado. Las noches compartidas, las horas a solas, ese viaje y sus
pequeños detalles. La tormenta, las caminatas cotidianas, los inútiles
pequeños detalles, tu afición a fotografiarte en poses cursis, la breve
complicidad de los gestos. La única fotografía que guardo de tí con el mar a tus espaldas, el absurdo detalle de tus pendientes vegetales.
La culpa fue del mar. La distancia entre mi mano y tu cintura, cerrar
los ojos y fingir cansancio para mantenerse a salvo, pero anhelando la
caída en marasmo de tus labios. Caer, entonces, a escondidas, comenzar a
ocultarnos de todos. Mi despertar en una azotea para intentar ver el
amanecer como pretexto para abrazar el asombro.
Los pequeños textos
con tu letra regados por mi habitación, pidiendo, ofertando la paz,
dando vida al fuego, minúsculos detalles. Las fotografías que te tomaban
por sorpresa. El mar presente en la sal de tu cuerpo. Las tardes como
refugio para dos, la madrugada como plomo en los pies del ahogado, yo,
rumiando incertidumbre y celos.
La inacabada geografía de tus lunares, había dicho. Mi corazón de hielo, habías dicho.
Y ahora, esta medianoche acorralado por el recuerdo, lejos del mar,
fatigado de caminar bajo la garúa, helado, con un hueco en el pecho
donde hubo un témpano de hielo parecido a un corazón. Que se derritió en
un vaso de ron.
¿Recuerdas ese mar, tu larga caminata sobre la
arena,de vuelta al hotel mientras yo tropezaba sobre el concreto en
busca de alcohol para mantener a raya mis ganas de morder tus talones?
Luego, la noche siguiente, tu cintura en mi mano, cerrar los ojos,
fingir cansancio para no dejarme arrastrar hacia tus labios, perdernos
en un autobús de ruta, coger un taxi, iniciar el descenso al más hermoso
de todos los incendios.
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