Ahora puedo decir que me tiembla tu ausencia en la punta de los dedos;
ahora que he olvidado hasta mi nombre puedo nombrar sin resquemores la
ciudad donde soñé por última vez tu cuerpo desnudo. Reías bajo la lluvia
de las cuatro de la tarde, y en mi lengua no cabía otro deseo que lamer
la sal que corre por tu espalda.
Otra vez, como entonces, me he
embriagado para adormecer a los lobos oscuros y hambrientos del deseo;
otra vez, como antes, me invento un idioma de señas para ciegos, y en esa cifradura del lenguaje muerdo la fruta breve, jugosa, de tu nombre.
Soy un hombre derrotado que con gusto rasguñaría el arco de tu espalda,
que como buen hijo del arrabal bebería en el cuenco de tus labios hasta
la embriaguez; en tus ojos de pantera descansan gavilanes, en las
huellas que dejas marcadas tras tu paso, duermen apaciguados alacranes.
En esta hora puedo decir que me venciste, que basta cerrar los ojos
para imaginarte de pie, desnuda como una Venus morena que surge entre
los acantilados del mar de mi deseo.
Falto a mi palabra de no volver
a mencionarte: sí, te he vestido con incontables nombres, manantial de
llamas, te he desnudado con siempre variables adjetivos, lúbrica
cristalería del firmamento, en ti alcanzo a sospechar el espejo que
devoró a Alicia y ha de reflejarme en tu mirada de sirena.
Otra vez,
como entonces, he llamado a la catedral de la memoria, me arrodillo
ante el cuenco salobre de este deseo inagotable, y bebo, con fruición,
pero sé que no es tu cuerpo (cae un relámpago en la lejanía, las aves
abandonan las copas de los árboles, mi espalda es un gato que se eriza
al sospechar el filo de tu uña al acariciarme).
Recuerdo aquella
tarde y la caída de gaviotas sobre el firmamento: tu pelo al viento se
izó, bandera de mi corazón barco pirata. Pero he dicho poco, que he
macerado el deseo, y todo lo que tengo para ofrecer no es el fruto de mi
pecho, sino la punta húmeda de mi lengua.
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