En esas horas sin luz desanudarnos, desnudos como solíamos estar, habría
sido una locura. Bastaba un pretexto, una hora libre, la llegada de una
grisácea luminaria escolar, una caricia en falso para encaminarnos a la
tibia guarida de tu habitación o la mía, perdernos entre las arboledas y
volver unas horas más tarde sólo para volver a desvanecernos.
En esas horas de inagotable deseo el jugueteo era espuela hendida sobre
nuestro costillar de lujuria; las horas, insuficientes se escapaban
entre el sudor y el desorden de las sábanas. Muchas veces, frente al
mar, bajo la tormenta, me he preguntado si deseabas mi humanidad o la
inasible personalidad de mis otras voces, las otras que te seducían
mejor en el desdoblamiento, con otro acento y mayor cinismo al poseerte.
Pero es tarde, y me he alejado de tus dominios, y hay una herida que
palpita como un segundo corazón en mi costado, y lleva tu nombre.
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