Con la sangre que me resta, cabalgo a lomos del silencio desde que me
quedé sin ti. Callado, gris y cabizbajo recorrí las calles periféricas
de incontables templos y cantinas, sin atreverme a entrar; yo, indigno
pecador en busca de consuelo, yo, indigno merecedor del alcohol y del
consuelo; mis ojos guardan los paisajes de una tierra que acaso
no vuelva a pertenecerme, y que en esos días posteriores al quiebre, a
la ruptura, acompañaron mi andar errático por las calles que en otro
tiempo sólo supieron ver el andar cansino de cosechadores de café, de
sobrevivientes de las minas de ámbar, de achispados borrachines y
engreídos alemanes, catrines perdidos en el selvático bochorno del
verano.
Algo de mí, que no sé nombrar ni señalar, recorre aún esas
calles (cuando está sobrio, se duele de tu pérdida, cuando va ebrio,
busca otra cantina donde escarbarle las costillas a la madrugada). Algo
de mí, se abraza a la sobriedad con la desesperación con que otros
hombres abrazan el embotamiento alcohólico.
Ahora que vas dejando
de doler, ahora que naufrago en esta desesperada calma, que los dolores,
por distintos han crecido en torno, dejo crecer al silencio como a una
mala hierba.
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