Todo fue espoleado por la adrenalina. El peligro latente de ser
descubiertos anudados en el centro del jardín de la casa donde por
entonces vivías. Fue el deseo proverbial, lo que de animal retozaba en
nuestra entraña, saber que un par de colmillos y afiladas garras
acechaban desde inimaginables almenas de avaricia y celos.
Ya he abandonado los suburbios donde ardimos, corazón. Mis pocas pertenencias de esos días ya han alimentado la fétida boca de los basureros.
¿Recuerdas? Esa tarde esperabas a alguien en esa banca de la alameda,
pero aparecí yo con mi tristeza a cuestas. Luego vino el jazz, se cargó
de frutos el peral, alguien encendió el interruptor del enamoramiento.
Y caímos. ¿Recuerdas? Las largas caminatas sin decirnos apenas nada,
consumidos por las ganas. La escritura circular que plasmabas en retazos
de hojas blancas para gritar que era tu pertenencia.
Las gerberas robadas para incendiar tu bajo vientre, mi saliva para avivar el incendio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario