sábado, 11 de enero de 2020

LXXVIII

Todo fue espoleado por la adrenalina. El peligro latente de ser descubiertos anudados en el centro del jardín de la casa donde por entonces vivías. Fue el deseo proverbial, lo que de animal retozaba en nuestra entraña, saber que un par de colmillos y afiladas garras acechaban desde inimaginables almenas de avaricia y celos.
Ya he abandonado los suburbios donde ardimos, corazón. Mis pocas pertenencias de esos días ya han alimentado la fétida boca de los basureros.
¿Recuerdas? Esa tarde esperabas a alguien en esa banca de la alameda, pero aparecí yo con mi tristeza a cuestas. Luego vino el jazz, se cargó de frutos el peral, alguien encendió el interruptor del enamoramiento.
Y caímos. ¿Recuerdas? Las largas caminatas sin decirnos apenas nada, consumidos por las ganas. La escritura circular que plasmabas en retazos de hojas blancas para gritar que era tu pertenencia.
Las gerberas robadas para incendiar tu bajo vientre, mi saliva para avivar el incendio.

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