sábado, 11 de enero de 2020

LXXVII

Me he quedado debajo de la tormenta, empuñando mi soledad. Esta noche has vuelto, y contigo traías la palabra que me deja indefenso, con el temblor a flor de piel. Vuelvo a beber el agua amarga del desasosiego, vuelvo a anhelar tu piel sobre mi piel bajo la lluvia.
Ahora mismo vuelven a ladrar los perros salvajes del deseo, vuelvo a sentir en mi entraña la rasgadura de los celos, y la tierna zarpa del amor haciendo jirones la calma recién alcanzada. No hay distancia que valga: basta un mensaje tuyo, un susurro apenas para erizar mi lomo, para despertar la fiera hambrienta del abandono y que lo rompa todo alrededor.
Has vuelto esta noche y hay piras funerarias mordiendo los talones de la oscuridad. Cierro los ojos, vuelvo a verte al pie de la llovizna, escucho rugir la ríada mientras baja por la montaña, el crujir de algún árbol arrancado de raíz, arrastrado corriente abajo. Pero ya mi paisaje es distinto: aquí la niebla lo envuelve todo, el ruido sordo de los tráilers atravesando desbocados cada noche, los esporádicos disparos, el lento crecimiento de las plantas.

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