A ciegas, con los ojos porfiadamente tapiados, como quien ha tapiado
todo resquicio para evitar la llegada del olvido, te busco.
He
levantado, entre el rencor y el último de los suspiros, un muro con
destempladas rocas. He cultivado, entre la ausencia de tu aroma y este
puñado de tristezas que no saben dónde ir, un apresurado escudo para sortear el invierno.
Y hay esta dolencia en el maxilar del deseo, este andar a tientas,
enceguecido de saberte apenas, como quien atraviesa un campo minado por
el azar y el descuido. Y esta desazón de no tener tu mano en mi pecho,
este anudamiento de sombras para los críos de la nostalgia.
He
dicho tu nombre en cada sitio al que he llegado: en la más agreste
serranía, en el sediento malpaís con sus cabras desbocadas, a la orilla
húmeda del mar, en las cimas donde pace el vértigo como un bisonte
extraviado, y en ningún sitio hallé tu huella, la flor madura de tu
beso.
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