sábado, 11 de enero de 2020

LXXVI

A ciegas, con los ojos porfiadamente tapiados, como quien ha tapiado todo resquicio para evitar la llegada del olvido, te busco.
He levantado, entre el rencor y el último de los suspiros, un muro con destempladas rocas. He cultivado, entre la ausencia de tu aroma y este puñado de tristezas que no saben dónde ir, un apresurado escudo para sortear el invierno.
Y hay esta dolencia en el maxilar del deseo, este andar a tientas, enceguecido de saberte apenas, como quien atraviesa un campo minado por el azar y el descuido. Y esta desazón de no tener tu mano en mi pecho, este anudamiento de sombras para los críos de la nostalgia.
He dicho tu nombre en cada sitio al que he llegado: en la más agreste serranía, en el sediento malpaís con sus cabras desbocadas, a la orilla húmeda del mar, en las cimas donde pace el vértigo como un bisonte extraviado, y en ningún sitio hallé tu huella, la flor madura de tu beso.

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