sábado, 11 de enero de 2020

LXXV

Ahora, gris es la distancia. Sé, por los zarpazos de la nostalgia, por este hueco en el abrazo, que coincidimos. Que incendiamos, cómplices, embriagados de mutuas ganas, cada habitación donde nos sorprendió el silencio.
Ahora, la herida es sediento manantial en la canícula. He vuelto a mascullar, frente al hosco silencio de la madrugada, las dos sílabas de tu nombre. En la memoria del ojo vuelves a aparecer, pantera, frente al mar sin nubes, ofrecimiento, fruto maduro en la rama de un árbol que, ingenuos, febriles, quisimos llamar amor y no fue sino un reflejo animal del hambre; vuelvo a fotografiar tu silueta al pie de una escultura apenas iluminada por las luminarias públicas, envuelta en el salitre y el ruido portentoso de la marea en ascenso. Pero ya no hay golfo que valga para reunir nuestras carnes, y aunque terca, se debilita la memoria, su prolongado abrazo, y con él, el recuerdo del tuyo se desvanece.
Aquella tarde, frente a aquel teatro, mientras escribía una carta breve cargada de hondas promesas, habría podido adivinar, entre la estampida, tu taconeo de cervatilla en celo, habría encontrado el rastro de tu aroma a cacao en la más pavorosa de las multitudes. No habría supuesto ningún reto adivinar, a ciegas, de qué labios pendía una hebra de mi sangre.
Pero he perdido tu nombre en alguna caída por la selva y me hago viejo, pule en mi carne sus diamantes el olvido.

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