Ahora, gris es la distancia. Sé, por los zarpazos de la nostalgia, por
este hueco en el abrazo, que coincidimos. Que incendiamos, cómplices,
embriagados de mutuas ganas, cada habitación donde nos sorprendió el
silencio.
Ahora, la herida es sediento manantial en la canícula. He vuelto a mascullar, frente al hosco silencio de la madrugada, las
dos sílabas de tu nombre. En la memoria del ojo vuelves a aparecer,
pantera, frente al mar sin nubes, ofrecimiento, fruto maduro en la rama
de un árbol que, ingenuos, febriles, quisimos llamar amor y no fue sino
un reflejo animal del hambre; vuelvo a fotografiar tu silueta al pie de
una escultura apenas iluminada por las luminarias públicas, envuelta en
el salitre y el ruido portentoso de la marea en ascenso. Pero ya no hay
golfo que valga para reunir nuestras carnes, y aunque terca, se debilita
la memoria, su prolongado abrazo, y con él, el recuerdo del tuyo se
desvanece.
Aquella tarde, frente a aquel teatro, mientras escribía
una carta breve cargada de hondas promesas, habría podido adivinar,
entre la estampida, tu taconeo de cervatilla en celo, habría encontrado
el rastro de tu aroma a cacao en la más pavorosa de las multitudes. No
habría supuesto ningún reto adivinar, a ciegas, de qué labios pendía una
hebra de mi sangre.
Pero he perdido tu nombre en alguna caída por la selva y me hago viejo, pule en mi carne sus diamantes el olvido.
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