Poco hay para decir. Que el fuego consumió la casa, que mi mano sostiene
para resguardarla la ceniza, que el viento sopla, paciente, despiadado,
como el lobo ante las endebles casas de los cerditos.
Poco queda
para compartir tras la distancia: un par de fotografías, el recuerdo de
tu habitación a oscuras, la llegada del alba, tu larga cabellera.
Como siempre, he dicho poco, he tratado de asir inútilmente, de nueva cuenta, tu mano. Y era el polvo.
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