domingo, 12 de marzo de 2023

LXXXIX

 Cualquier pretexto bastó para anudarnos, carne a carne, mordida a labio, un trozo de papel donde se garabateaba una promesa húmeda y feliz, la penumbra de ciertos espacios públicos, un invernadero del que robé suculentas que después regalé a cualquiera excepto a ti, los puentes peatonales a donde comenzaba el desconocido y excitante reino de tu deseo.
Como extranjero, como recién llegado, entré en tu puerto, oculto tras un jardín que custodiaba una mujer que nunca supo mi nombre. Como extranjera, como recién llegada, aterrizaste en mi habitación de hombre solo con los frutos de la huerta vecina en tu regazo.
Llegó, sin embargo, la hora de partir, de poner al olvido a desordenar recuerdos, las cartas que se retrasaban siempre sin remitente, devoradas por los krakenes del polvo, las fotografías que se perdieron en las horas del rencor, las largas carreteras que comenzaron a germinar en torno nuestro como maleza en torno de una casa que ha sido abandonada de sí misma.
Ahora te recuerdo, cervatilla, sin nombrarte, y hay algo que aún duele agradablemente en la carne de la memoria, pero sé bien que ya hemos atravesado el incendio y sus promesas de abrasamiento y calcinación, y estamos vivos sobre la cuerda floja de los días. Ahora te recuerdo, cervatilla, pero ya no garabateo ni alcanzo a leer promesas en trozos de papel improvisados, ni aterrizo, ni anclo, ni tomo trenes que me lleven a la incertidumbre de tu abrazo.

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