domingo, 12 de marzo de 2023

LXXXIV

 Has vuelto a ponerte mis lentes oscuros, a darle vueltas a mi cámara fotográfica de poco menos que aficionado. Volvemos a recorrer los largos pasillos del otoño, entonces recuerdo que por admirar el balanceo de tus caderas me distraje y no vi llegar la primavera con su manto de jacarandas.
He vuelto a soñar contigo. He vuelto a ser ese que lo ignoraba todo de ti, que se conformaba con saberte ajena y desearte con la cauta certeza de que jamás habría de concretarse el encuentro. He vuelto a hurgar en los bolsillos de la nostalgia y hallado un par de monedas para apostar contra el olvido. Vuelvo a tomar tu mano a hurtadillas, a abrazar las horas vacías en que tus manos trazaron mapas sobre mi espalda en los cubículos de las bibliotecas desiertas.
Estábamos dispuestos al incendio, a la colisión cuando me encontraste en la hemeroteca rebuscando entre periódicos más viejos que nosotros y yo te hablé de tierras que desconocías, de puestos de feria inundándose bajo los aguaceros de octubre, de hombres que habiendo abandonado todo por la quimera del alcohol, tomaban el pueblo por asalto una madrugada al año para cobrar un risible botín: un plato de comida que se entregaba a los peregrinos mientras el cielo se llenaba de humo y fuegos de artificio. Dejamos entonces al deseo macerándose en los recipientes de nuestros cuerpos, y en cada terminal nerviosa, en cada falange, en la punta húmeda de cada lengua crecía como una hermosa hierba mala el deseo de tocar al otro, y éramos explosivos a la espera de una chispa que lo hiciera volar todo, del destello que nos despojara de la ropa y el pudor y nos dejara a solas en el medio de un jardín rodeado por árboles frutales dos pasos antes del invierno.

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