domingo, 6 de agosto de 2017

XXII

¿Qué fue, a fin de cuentas, lo que nos acercó con esa vertiginosa ansiedad, como si no hubiera posibilidad de mañana, como si en ese viaje se estuvieran determinando por fin y para siempre nuestros destinos?
Algunas tardes, mientras escampa, vuelvo a poner mis vicios sobre la mesa, como quien para ponerse cómodo en una casa que sabe suya, se desanuda los zapatos; miro entonces hacia el techo, sin otro afán que la calma de esas horas previas al desastre: el más placentero. Alguna imagen basta, un sonido de perros en la lejanía, una rama que cruje al paso de un desconocido, y vuelvo a recordarte como eras. 
Debíamos entregar un trabajo antes de marcharnos del puerto, aún llevabas colgando los aretes que improvisamos con frutos tiernos de cacahuate en aquella otra comunidad lluviosa, donde un par de noches antes busqué infructuosamente tu presencia entre la oscuridad y cuarenta cuerpos adolescentes; te deseaba desde antes, y esa noche, tras extraviarnos en un centro comercial, tomaste tú la iniciativa y mi mano. Nos extraviamos más aún en un pesero suburbano, hasta que descendimos en una avenida de escasas luces para tomar un taxi. Tus labios fueron imán para mis labios, y el amanecer nos sorprendió mirándolo tumbados sobre la arena.

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