lunes, 7 de agosto de 2017

XXXII

En esa fotografía estás sentada en un viejo sofá, desenfadada adolescente, uniforme a cuadros apenas por encima de la rodilla, dueña ya de la sonrisa imantada y ese mirar que incendia a los distraidos desde el primer parpadeo.
¿A quién quisimos impresionar, en la mutua complicidad de nuestras carnes, en el desaforado ejercicio de lamernos con la inexacta reciprocidad que nos dictó la angustia de no saber cómo querernos? ¿A quien impresionar sino a sí mismos, para impresionar al otro? 
Luego de elogiarte, brotaron los celos por esa imagen de una tú más joven, acaso más inocente, pero igual como entonces, consumida por el fuego interno; pero el bloque de hielo en mi pecho se deshacía al sol de tu presencia, indefenso, anonadado, invadido de ternura. 
¿Qué demostramos a quién en esas horas de amarnos hasta trastocar los límites que nos habíamos impuesto años atrás, antes de conocernos? ¿Fue, así, tan simple como atender el llamado del instinto, o fue la trágica ilusión del amor que para siempre se quiere que arda en el espacio entre dos cuerpos que se alejan?
Aún ahora me pregunto por qué no me quedé esa fotografía.

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