lunes, 7 de agosto de 2017
XXXI
Pienso en las veces que mi mano tocó tu humedad, en el aroma que, a escondidas, aspiraba durante interminables horas, como el hombre que, perdido por su adicción, insiste en aspirar hasta la última, la más lánguida nota del olor que en sueños lo persigue. Como quien atesora el fruto de su hurto entre las manos, sabedor de que más tardé habrá de disfrutarlo o de hundirse por su causa; así debió sentirse Prometeo, al hurtar el fuego, y al ser encadenado en los peñascos.
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XCII
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