Le dimos demasiada importancia. Necesitábamos sostener el vuelo, dejar al agua de los días salpicarnos con su magia. Tanta importancia tuvo que lo dejamos en las manos del otro, para que lo cuidara como un cachorro famélico o una planta al borde de la deshidratación. Ambos quedamos con las manos vacías, dispuestas a edificar otras ciudades mientras hablábamos de lo importante que era mantenerlo a salvo. No lo vimos ahogándose en la repulsiva masa del trajín cotidiano, hambriento, receloso, agresivo.
Cuando llueve en la ciudad, aún puedo sentir bajo mis plantas el concreto de esa tarde, puedo oler el acero humedecido de los pasamanos de aquel puente, no miento si ahora acepto que muchas veces he sentido de nueva cuenta la caricia helada de la lluvia incipiente de esa tarde, el temblor que me arropó cuando tu beso se puso de puntillas y me tocó los labios. No he vuelto a hundirme con esa placidez en la tibia voluptuosidad de un cuerpo ajeno. Mi habitación de estudiante, enorme, cobijándonos en la desnudez, dando alojo a mi asombro ante el terso tacto de tu piel.
El amor era una palabra para aderezar las horas, para justificar el ardoroso desenfreno, el edulcorante que la pasión requería al abandonar las sábanas. Eso era, una flor para mitigar el largo horizonte del desierto. Tanta fue la importancia que le dimos que terminó matándonos de tedio, receloso, hambriento, como bestia feral dejó su dentellada impresa en nuestros hombros.
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