Hablemos del aleteo de las aves, de las madrugadas aderezadas con su canto, de la depredación de los insectos de la casa; de cómo, aunque todo aparente entregarse al sueño, siempre habrá alguna bestia o mínimo animal que vigile el sueño de la casa. Digamos que nada duerme, aunque nosotros terminemos por cerrar las persianas de los ojos, aunque nos figuremos que tras el sueño no hay apenas nada, la densa niebla que todo lo envuelve como una madre celosa de su oficio.
En las horas de silencio, brotaba siempre la historia de un patio antiguo en el que hubo un ficus gigantesco, helechos y buganvilias haciendo de barandal para las escaleras. Que durante los días de lluvia un niño con mi nombre armaba barcos de papel estraza, y se quedaba mirando su partida envueltos entre las violentas aguas de los arroyos pluviales hasta alcanzar el naufragio o la piedra para encallar sus dobleces.
Jamás te conté que mi abuela tenía palomas. Que teníamos prohibido mirar los huevecillos que éstas ponían, bajo pena de castigo, porque de hacerlo la madre devoraría a sus crías nonatas. Sobra decir que las palomas murieron sin haber visto descendencia, que a todo el amor que he empollado, como esas palomas, les quebré el cascarón, para esperarte.
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