Ese año tampoco fuí a votar. Se me volvía a antojar pueril. Se me venía a la cabeza tu calor. Mi mano en tu vientre. En tu cintura, reptando por el muro de tu espalda. Estaba convencido de quererte.
Había perdido la cartera, la última que tuve, en un mitin, muerto de calor y apenas dos cervezas. Había perdido, además, las certezas. Tu calor. Mi mano en tu vientre, acariciando las líneas de tu rostro. Explorando el bosque de tu pubis. Estaba convencido de la permanencia.
Preferí volver a mi habitación, escribir una serie de cartas breves para alimentar los pichones de tu asombro. Me empeñaba en fumar. En dejarte notas por doquier. Mi único oficio era inventar nombres para tu ternura. Tu calor, mi mano en el muro de tu espalda. En el bosque de tu pubis, en el redondo paraíso de tus nalgas.
La dueña de la casa siempre me regalaba peras de su patio. Y revistas cristianas.
Una vez me preguntó si pensábamos casarnos. Sonreí.
Tu calor, mi mano en tu cintura. Mi lengua en tu entrepierna. Ardiendo.
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