domingo, 6 de agosto de 2017

XI

Cierra los ojos. El año asoma sus garras, afila el colmillo, repite nuestros nombres. Nada sabe de esta muerte a solas, de esta agonía de todas horas con la sonrisa a flor de piel. Pocos saben, también, de los rituales que compartimos, de las calles que comencé a evitar un instante después de la separación. 
Cierro los ojos, aspiro. Me colma las narices el olor de viejas fotografías, el beso salobre del mar de Veracruz (casi podría jurar que esa tarde, detrás de tu acné, distraído por tu sonrisa y un par de aretes hechos con cacahuetes, ví por primera vez el mar: con los ojos del que ha quedado prendado sin saberlo, triste figura), el cacao de tu boca -siempre voy a tener ese olor colgando de mi memoria, aunque los años pasen-, el agridulce de tu entrepierna, la pintura fresca de los salones de clase, las hojas cayendo de los árboles. 
Hoy, esta noche, recojo la pulpa de frutos con agresiva musilaginosa, los dedos se me pegan a la cáscara, recuerdo la primera vez que chupé el fruto del cacao, la frescura de la guanábana. Muerdo esa pulpa, sólo un poco antes de empacarlo todo, pienso en el mezcal y un posible maridaje. Pienso, tras el primero mordisco, en la pomarrosa, un mango llegando a su madurez, el jugo de un melón, y una lejana piña, apenas insinuada; la quijada, cada vértebra que me sostiene, se estremecen. La misma sensación del primer lengüetazo luego de haberte arrancado los bluejeans.

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