domingo, 6 de agosto de 2017

XV

Hay sabores que te toman por sorpresa, que te dejan anonadado por horas, mientras buscas desentrañar el misterio de sus tonalidades, yo, tan poco versado en la degustación, yo, que me burlo de los sommeliers cuando en un mezcal dicen encontrar notas de melón y semillas exóticas, y desde mi interior digo son farsantes, cuando mucho cándidos hombres con exacerbada imaginación. 
Pero muerdo esa fruta de penetrante olor, y salgo sorprendido. Me pongo serio, sin quitarme la sorpresa de los ojos, de cada músculo de la boca, de cada hueso, de cada diente, de cada milímetro de paladar; mirando a mi interlocutor, le digo que espere, que eso no puede ser. Que debe haber un truco. La única respuesta a mi sorpresa es una sonrisa socarrona.
Veníamos por la carretera cuando me gritó, con desesperación, que debía orillarme. Tras regatear, compramos un par de frutos, y una bolsa con pulpa congelada a precio de oro. Yo, que siempre he sido excéptico, acepté escuchar las maravillas que mi acompañante contaba. Entonces, desafiante, socarrón, dí la primer mordida.
Vuelvo a empezar: hay sabores que te toman por sorpresa, que te dejan tambaleante, sorprendido y a medio camino entre la sorpresa y el aturdimiento. El rostro se ilumina, es inevitable. Algunos mezcales tienen esa virtud. Saben a humo, a maguey largamente reposado, a hierbas de monte, a noche de cacería; insisto, me burlo de los sommeliers cuando los oigo decir 'aquí hay una nota de caoba y nuez arábiga, a café y a frutos rojos con resonancias de caoba y otras maderas finas', pero en ese momento, al morder y saborear la yaca, sentí sobre mi lengua y bajo mi paladar un tropel desbocado de sabores, como de caballos salvajes por las praderas de Wyoming, perseguidos por indios Sioux o Lakota, o Pies Negros. A la primera mordida, pensé había mordido un trozo jugoso de piña, luego fue cerrar los ojos y mordiscar un plátano en la sierra chiapaneca, sudoroso y asoleado; por la tercer mordida sentí la dulzura de una fresa hurtada durante el corte, en los campos de Baja California, bajo el sol plomizo e inclemente. También supe de la sandía y de una lejanísima naranja que se ancló en mi lengua por largas horas. Luego de casi terminarme la pulpa seguía preguntando por el oscuro secreto del sabor que guardaba esa fruta. 
Aquella tarde, lejana ya, entré a hurtadillas a tu habitación. Secabas tu cuerpo con una toalla enorme antes de que te arrojara sobre la cama. Abriste las piernas, y mi lengua se enquistó entre ellas, hambrienta. Un sabor que me dejó anonadado, deliciosamente sorprendido: tu coño húmedo asediado por mi lengua, persiguiendo mi olfato. 
Aún ahora me pregunto por el luminoso embrujo que tenías entre las piernas, y me burlo de los sommeliers, pero sigo anonadado, deslumbrado, ciego.

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