Dicen que uno se desgarra tras el abandono. Que todo se quiebra y la lluvia brota desde el rincón más lejano de la carne. Todo hombre está condenado, desde su nacimiento, a encontrar el amor, a disfrutar su miel, y, necesariamente, a la pérdida de éste.
Perderte significó un desgarre, aunque más parecido al tedioso desierto.
Y uno dice 'la he perdido' sin tener la certeza de haber poseído, sin la certeza de haberse entregado. Uno insiste en que es poca palabra perder para describir esta desazón, esta ruptura que desde entonces nos enmarca. Esta burda lucidez lo obliga a uno a decir que acaso compartimos sudores y momentos, furias, sin embargo permanecimos ajenos.
Quise escribir con la serena calma del condenado. Recordar los puentes donde el beso fue imposible, los taxis que nos rescataron del extravío en ciudades desconocidas y nos permitieron la sabia del beso de reconocimiento, escuchar de nueva cuenta tu gemido, el hermoso lunar bajo tu seno derecho, las flores que se salvaron de la romántica cursilería, las alamedas donde corrí tras de tí tratando de consolarte, las noches en vela a cuatro manos y dos sexos.
Cierro los ojos y me palpita en el corazón un estallido, se abre de golpe la casa de la memoria, sangro, profusamente.
Vuelvo a evitar ciertos rincones de la noche, ciertas ciudades, los primeros asientos en el transporte público, la literatura que compartí contigo.
Nadie dijo nada de esta agonía que dura siete años.
No hay comentarios:
Publicar un comentario