Tú sabes que ardo, que esta necedad de saberme hombre es herida profunda, que no hallo sosiego en las cosas cotidianas. Tú sabes bien que en el constante choque de molares me hice viejo, que mastico a solas el tabaco de la desesperación, y no hay reflejo o accidente del paisaje que me saque del agua empozada en que sumerjo este cuerpo en decadencia.
Tú me conoces, y aunque poco, sabes cómo aprieta mi pecho la distancia, la losa del recuerdo. Tú sabes que no tiendo la mano, que me corroe la duda y este sentimiento de haber perdido cada apuesta.
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