domingo, 6 de agosto de 2017

VI

Tú sabes que te nombro en cada esquina de mi vida, en cada laberinto, en la arena de todos los desiertos, en la cima de cada montaña que alcanzo, exhausto y envejecido. No tengo otro modo de acercarme a ti si no es en el ensueño, al barajar las cartas del recuerdo. Tú sabes que mastico la nostalgia cuando septiembre llega de nueva cuenta a mojar las avenidas, cuando todo pierde el sentido y vuelve a ser noviembre, y este que soy, o era, te persigue por los pasillos que nos dieron vida. 
Te vuelvo a dar los pequeños nombres con que alimenté el fuego de la ternura y del deseo, y la tarde me devuelve como en un eco los nombres que ahora me hieren pero entonces me permitieron respirar entre la polvareda de la hecátombe.
Las horas caen otra vez como las hojas del otoño. Ahora mismo son las cuatro de la tarde, veo la floración de los duraznos coloreando trozos de horizonte, aunque el cielo azul se imponga sobre esta maraña de pinos que la urbanidad va devorando, pero no tengo la cámara a mano para explicarte en una imagen esta visión del futuro que ya no compartimos. 
Siempre que pienso en ti, recuerdo un fragmento de Dalton, y aunque era estandarte para elevar la moral de mi ejército de suspiros, me pone triste, tan triste como era cuando me conociste, aunque ahora le haga falta tu mano a las comisuras de los dedos, y tu mirada a mi paisaje. Algunas tardes, a punto de saltar al vacío, me repito que hace frío sin tí, pero se vive. Todo lo cubre un manto gris, pero alcanza para mantenerse respirando en esta primavera de lacerados horizontes.

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