Supón que estoy contigo. Que vuelvo a tomar tu mano mientras te cuento de la invención del fuego, de los hombres que envejecieron esperando la llegada de un salvador. Yo hago analogías de lo nuestro, del pasado que me ladra desde su cerco de maderos blancos, encadenado, pero salvaje y temerario. Digo amanece y es como estar mascullando tu nombre, como si describiera verte salir de entre tus cobijas, despeinada, la voz pastosa, besar tu frente y después ese curioso lunar en el centro de tu espalda, acariciar tus pechos, ver cómo te acomodas la ropa que a la noche te arrancó mi par de manos, salir apresurados a la calle.
Pero estoy lejos, y he asumido la distancia como un defecto mío, aunque bien sabes que no sé existir de otra manera, que dejo de arder, que se apaga la flama en mi pecho frío, y muero, si no me marcho. Que quedarme es igual a torturarnos, a romper en pequeños trozos de desesperación la noche. Que no hay modo de no ser cruel ante lo cotidiano. Que se habrían roto los cristales con que mirábamos el amor, y todo lo bello que creció entre nuestras manos habría florecido como una especie atroz que todo lo marchita a su paso.
Supón que estamos juntos, sentados otra vez en aquel parque, o en el mismo recital donde nos conocimos. Vuelvo a acariciar tu talle mientras te digo que este yo cansado que te escribe sigue descoyuntado del ánimo, y roto. Que sobrevivo, que la tímida flama que alguien olvidó en el pecho, algunas tardes arde intensa, como si fueses a volver, como si la dualidad tras la separación fuese posible.
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