domingo, 6 de agosto de 2017

VIII


Exploraba el mundo cuando te hallé; todo era el fuego, el furor irascible de los días, mi carne palpitaba en cada músculo como un solo corazón. El mundo era vasto, inmarcesible. Luego se redujo a vos, a tu cintura, a un orbitar de abeja en torno a tu cintura, alimentarse de nada, salvo el agua de tus labios. El mundo circundante eran tus hoyuelos, la anárquica constelación de tus lunares. Podía ver la hierba creciendo tras tu paso, las hojas caídas volviendo a la rama. 
Cuando te fuiste, el universo volvió a ensancharse, pero ya no le hallaba sentido a ahondar en sus misterios.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

XCII

Hay un ancla en ciudad del ámbar que me obliga a detenerme cuando paso cerca suyo. Aquí pasé largas tardes rumiando la última llamada, el ve...