domingo, 6 de agosto de 2017

IX

Escribo, repaso las líneas emborronadas en tu nombre, los días que dejó de llover para dar paso a tu sonrisa. Todo lo repaso. La gerbera robada a un desconocido difunto para provocar tu risa, tocar una vez más el terciopelo de tu mirada tierna. Tus uñas en mi espalda. El principio de lo terrible: tomar tu mano y dejarse embriagar por la dulzura del vuelo. Años después sé cuánto jode una resaca de vinos dulces. Y aún caigo en la vorágine.
Retrocedo. Escribo, vuelvo a estar de pie, frente al auditorio principal de la escuela, aún sueño con largas bibliotecas e interminables noches. Vuelvo a sostener el sosiego entre las manos, empuño mi cámara fotográfica enfundado en la vieja chamarra de mezclilla que Margarito me regaló una noche, poco antes de salir a Ciudad de Mëxico; la noche era un témpano, y de algún modo me salvó de dormir congelado. Vuelvo a fotografiarlo todo, los pasillos de la universidad, las butacas, las manos enlazadas de los amantes. En el horizonte hay nubes, campos de cultivo, y un deseo obsceno por devorar lo que haya a mi paso. 
Vuelvo a caminar sobre las vías del tren, redactando de memoria largas cartas que redacto apenas llegar al minúsculo cuarto que rento en la periferia de Texcoco. Algunas noches salía a mirar la noche y las luces de la ciudad, me colgaba, ebrio, de las barbas del amanecer. 
Nunca te conté que durante las borracheras alguna vez desperté en Río Frío, siete de la mañana, buscando pulque y algo de comida en las fondas, de las ficheras que lloraban en mi hombro cuando, después de preguntar por mi piel, les contaba alguna historia truculenta, de mis amigos, afectos a la marihuana y a buscar amores transexuales en los bares de Puerto Aéreo, del vodka y las alucinaciones, de la pesadilla que me persigue con más afán que tu recuerdo.
Escribo, bebo mezcal, pero ya no intento liarme con el tabaco. Tú sabes que soy un hombre hosco, receloso. Que ni yo supe cómo te abrí la puerta. Lo sabes bien: abriste cada cerrojo y cada persiana de esta casa que mantuve a cal y canto. Tal vez no sepas, pero algo se quebró en mi, algo se derritió tras tu llegada. Todo lo volqué en torno tuyo. La sobriedad. El vértigo que me provocaba decir te quiero. Pero seguías llamándome Señor Frío. Entonces tomaba tu mano, o la cámara, y disparaba en dirección tuya. No te lo dije todo. No había forma de hacerlo. 
Ahora, hijos del polvo, nos hemos alejado. A la deriva, mi corazón cicatrizó pero la herida no ha sanado. He de decirte con certeza que la coloración de todos los atardeceres me recuerda siempre ese vestido rojo, el pasillo resguardado por arbustos que ya no existe, la zozobra, el deleite, haber tocado el viviente jardín ese día.

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