Me dobla el amor, podría decir. La idea vaga del amor, las mieles largamente prometidas desde el alba de la conciencia. Fórmulas irrisorias, innumerables historias que dan al callejón de la compartida felicidad constante.
Pero hay días así, en que despierto y es enorme el hueco de tu cuerpo sobre las sábanas. Luego viene la sensación de que algo falta, la ausencia del fuego en la entraña. ¿Cómo se sentirá el madero después de arder, luego de haber cargado al profeta sobre su astilla?
Esa sensación de no haberlo intentado todo, de no haberlo incendiado todo, de mirar un rincón y saber que allí no salpicó el sudor de las apasionadas horas. Es una vibración en el bajo vientre, en el nacimiento del músculo que guarda la entrepierna.
Somos los huecos y la herida permanente que deja la cuchilla del tiempo en nuestra carne. Nos dobla la idea del amor cuando supura, cuando nos encuentra con la guardia baja, necesitados de un par de labios y una piel ansiosa por exudar la soledad por unas horas; nos dobla el amor como un fantasma cuando bajamos la mirada, dispuestos a creer en más fantasmas, pero convencidos de la pantomima que supone alabar la sombra: entonces aparece por sorpresa, fruto de nuestros miedos profundos. Nos arrodilla, y nos hiere.
Pero no es el amor, es nuestra mano.
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